Madison —¿Pasa algo, señorita Madison? —pregunta, y es que llevo como cinco minutos parada como un pasmarote detrás de las tumbonas sin saber muy bien qué debo hacer a continuación. Le miro. Ya no lleva mi toalla colgada del hombro, y espera paciente junto a la piscina a que yo haga algún movimiento o diga algo, pero la guerra mental que se debate ahora en mi cabeza (la cual consiste en si debería recuperar esa toalla y tirársela a la cara y salir corriendo después o quedarme allí con Hugo), me tiene más que distraída. Por supuesto, una sonrisa radiante ocupa sus labios, haciendo ver que está tranquilo con su plan. En cambio, yo no me siento así. ¿O sí? Bueno, tal vez yo esté en un punto intermedio. —Será mejor que me vaya —le digo por fin—. No debería irrumpir en tu intimidad, lo pone

