Hugo Mad y yo estábamos sentados en la arena de la playa, sobre mi chaqueta. Ella se apoyaba en mi pecho y yo la abrazaba y le hacía caricias de vez en cuando. Se estaba haciendo de noche y estábamos esperando para ver el atardecer. —No me puedo creer que nunca hayas visto el atardecer —le dije, pinchándola–. ¿Dónde estabas escondida, niña buena? La noté suspirar. —En la torre de Rapunzel... Pero sin madrastra malvada y con mucha vigilancia. Supe que quería hacerse la graciosa, pero a mí no me engañaba. Yo ya sabía que, cuando hablaba de algo que le dolía, Madison solía bajar la voz hasta terminar la frase en un susurro apenas inaudible. —Eso suena horrible. —Sebastian no nos dejaba mucha libertad, ¿sabes? Todo eran normas y más normas. —Ninguna persona debería privarse de su liber

