Amanda jamás pensó tener que dar a luz a sus mellizos en esas condiciones, mientras se encontraba fuera de la manada, sin la compañía de los seres más cercanos para ella, llena de incertidumbre, triste y de paso herida. La comadrona le miraba con sus ojos tan azules como glaciares mientras ella respiraba en medio de una fuerte contracción. Habían pasado pocos meses, pero la gestación de lobos era diferente a la humana, y aunque tuvieran poco tiempo, era probable que ya estuvieran formados, por lo que el único riesgo sería el darlos a luz de manera natural. Si Harmon supiera en dónde y qué estado se encontraba en esos momentos, no tenía idea de si iría por ella o no, pero lo más probable era que le sacara en cara que sus hijos estuvieron al borde de la muerte por su imprudencia, porque él

