Desde que salí del psicólogo no he parado de darle vueltas a lo que me ha dicho. Dudo entre si tiene razón o no, tal vez ha caído en un topicazo, la vía fácil es decirme que tengo el síndrome de Estocolmo. Me ha contado que puede pasar a veces, nuestra mente se defiende del dolor idealizando a esa persona que nos daña, provocando un sentimiento similar al amor. El problema es que yo no sé si siento amor, o solo deseo. —¿Qué tal te ha ido? —me pregunta Gabriel devolviéndome a la realidad, al presente. —Todavía es pronto para saberlo —respondo con sinceridad. —Ve a verlo —suelta de golpe, así, sin anestesia. —¿Qué? —Pasas más tiempo pensando en ese hombre que viviendo, ve a verlo a la cárcel, puede que te ayude a aclararte. —No es buena idea —me niego temerosa de perder la cordura otr

