17 La carta que no pedía permiso

1296 Palabras
CAPÍTULO 17 — La carta que no pedía permiso Mayte volvió a entrar a la mansión sin limpiarse la cara. No estaba llorando, pero tenía la expresión rígida de quien acaba de romperse por dentro y todavía no sé escucha el ruido. Subió las escaleras con el mismo paso con el que había bajado antes, pero ahora no buscaba respuestas. Buscaba distancia. Entró a su habitación y cerró. El clic fue pequeño. Definitivo. Abrió el placard y sacó la mochila,tiró todo lo del liceo sobre su cama. No eligió ropa por gusto. Eligió por cálculo. Dos mudas, una campera, ropa interior, un buzo ancho. Metió el cargador del celular, el dinero que guardaba en una caja de metal al fondo del cajón y sus documentos. Se detuvo un segundo frente al escritorio. Miró la foto enmarcada de los cinco en la playa: Dylan con el brazo sobre sus hombros; Jesús apenas inclinado hacia ella; Javier mirando a la cámara; Gustavo riéndose sin mirar. La agarró y la dejó boca abajo. Se sentó en su escritorio. Sacó una hoja del cuaderno que tenía en la mano. No dudó y escribió. Mamá, Perdóname por irme sin permiso, pero en esta casa siempre hay cosas que no se dicen y secretos que lastiman sin querer. Hoy escuché algo que no puedo creer. Escuché que Dylan no es mi hermano. Que es mi primo.Escuché que Jesús no es un Duarte. Escuché que hay abuelos esperando a un nieto que él no sabe que existen. Escuché demasiado. Voy a buscar a Jesús. Tuvimos un problema.Él me defendía y dijo que era mi novio.Nos besamos. Yo le correspondí el beso. Se fue creyendo que era un monstruo por haberme besado,ahora lo se. Se fue sintiéndose sucio por algo que nunca fue pecado. Sé que se fue por qué me ama Me voy a buscarlo. No para desafiar a nadie. Me voy porque alguien tiene que decirle que no es lo que cree que es. No me busquen para traerme de vuelta. Esta vez quiero elegir yo. Necesito encontrarlo. Mayte. No lloró mientras escribía. Doblar la hoja le costó más que escribirla. La dejó sobre la almohada. Miró su cuarto por última vez. No como despedida dramática, sino como quien verifica que todo queda en su lugar antes de irse. Apagó el celular. Lo volvió a prender. Dudó y lo volvió a apagar. Se puso la mochila al hombro y bajó las escaleras sin hacer ruido. La mansión seguía vacía.Esos días parecía que todos estaban ocupados en lo suyo. La armonía seguía intacta. Eso fue lo que más la enfureció. Salió por la puerta principal sin mirar atrás. Mientras tanto, en la casa de la tía Eugenia, el pasillo ya no estaba en silencio. Elena fue la primera en ver las fotos en el piso. Se inclinó. Reconoció la imagen al instante. Esa foto no debía estar ahí. Le temblaron las manos. —Eugenia… —la voz le salió baja—. Mayte estuvo acá. Eugenia miró las fotos y entendió sin explicación. —Nos escuchó. No fue pregunta. Elena buscó el celular con torpeza. Llamó a Mayte.Una ,dos ,tres veces.No respondío. Apagado. Llamó a la mansión. —Señora, la señorita Mayte no está —respondió una de las empleadas. El miedo empezó a tomar forma. —Tengo que irme —dijo Elena. —Llamá a Alejandro primero. Elena marcó. Alejandro atendió en el segundo tono. —Hola, mi amor. ¿Qué pasó? —Mayte estuvo acá. Escuchó todo. Silencio. —¿Todo qué? ¿Dónde estuvo? Elena, decime… —Lo de Dylan. Lo de Jesús. Todo. Voy para casa. Del otro lado, el aire cambió.Ale tomó su bastón y salió del restaurante donde estaba por servir una muestra importante para unos jueces que estaban revisando la calidad en el restaurante.No le importo. —Estoy yendo. Cuando Alejandro llegó a la mansión, Elena ya estaba allí. La puerta principal estaba abierta. La casa estaba en silencio. Subieron juntos las escaleras. Alejandro golpeó la puerta de Mayte. —Mayte.Hija abrí por favor. No hubo respuesta. Probó abrirla,estaba cerrada. Trajeron la llave de repuesto y abrieron. La habitación estaba vacía y a oscuras. La cama hecha. El placard entreabierto. Los cuadernos tirados sobre la cama. Elena vio la hoja sobre la almohada antes que Alejandro. La tomó y sabía que no era nada bueno lo que había escrito. Leyó mientras el papel temblaba en sus manos. Se le cayó el papel . Alejandro lo recogió. Lo leyó completo, línea por línea, y entendió.Y al ver las fotos que Elena todavía tenía en la mano, comprendió que Mayte no se había conformado con una explicación a medias. Había buscado información. Y la encontró. Bajó la cabeza. Se sentó en la cama. Abrazó a su esposa por la cintura. —No quería que supieran de mi madre… —dijo en voz baja—. No quería que supiera todo el mal que ella hizo a esta familia. Quería enterrarlo como la enterré a ella… y ahora mi hija se fue. Elena lo miró. —Alejandro, no podemos seguir guardando secretos por errores de otras personas. Mayte tenía derecho a saber que Dylan no era su hermano. Yo me equivoqué hablando con Eugenia, pero nunca imaginé que Mayte iba a aparecer ahí. No estaban ni Javier ni Jesús. ¿Qué hacía Mayte en esa casa? Alejandro la miró fijo. —Es mi hija. Estaba buscando respuestas. Se hizo un silencio pesado. —Se fue —dijo él finalmente. Elena lo miró con los ojos llenos. —A buscarlo. Alejandro apretó la mandíbula. —¿Sabés dónde está Jesús? —Veracruz. El nombre quedó suspendido como una distancia imposible. Alejandro tomó el teléfono. Marcó otro número. —Santiago… necesito saber si Dylan está con ustedes. En la casa con Gustavo, Dylan todavía estaba en el sofá cuando el teléfono de Santiago vibró. Santiago atendió. Escuchó. Miró a Dylan. —Es el tío Alejandro. Dylan se incorporó. El gesto ya era defensivo. Santiago le pasó el teléfono. Dylan atendió sin saludar. —¿Qué pasó? Del otro lado, la voz de Alejandro fue directa. —Mayte se fue. El mundo dejó de moverse. —¿Cómo que se fue? —Dylan, ¿qué pasó con Jesús en la fiesta? ¿Qué pasó para que Mayte se fuera así? Dylan se puso de pie de golpe. Gustavo también. —Papá… Jesús . Yo los encontré besándose. Del otro lado se escuchó un golpe seco. Alejandro se llevó la mano a la cabeza. —No puedo creer que haya pasado eso entre primos… —Eso es lo de menos —lo interrumpió Dylan con fuerza—. ¿A dónde se fue Mayte? —A buscarlo. Nos dejó una carta. Dice que no la busquemos, que no es una niña. —¿A dónde? —Veracruz. La palabra cayó como una sentencia. Dylan miró a Gustavo. Esta vez no había enojo. Había pánico real. —¿Hace cuánto? —No sé —respondió Alejandro—. Pero lleva ventaja. Dylan colgó. Miró a Gustavo. —Vamos. —¿A dónde? Dylan agarró las llaves. —A traerla de vuelta. Gustavo lo sostuvo de la mirada un segundo. —¿A traerla… o a escucharla? Dylan no respondió. Salieron. En una terminal de ómnibus, a varios kilómetros de la mansión, Mayte compraba un pasaje con las manos todavía firmes. —Uno para Veracruz —dijo. El hombre del mostrador no preguntó nada. Le entregó el boleto. Mayte lo sostuvo como si fuera un documento nuevo. No miró el celular. Seguía apagado. No llamó a nadie. Se sentó en el asiento junto a la ventana. Cuando el motor arrancó, lloró. Miró hacia adelante. Y por primera vez, nadie iba a decidir por ella.
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