Capítulo 5 – La llamada del acero

1093 Palabras
Alejandro se encontraba en su oficina, con el rostro ojeroso y la mandíbula apretada. Aquel escándalo, que apenas hacía 48 horas parecía un tropiezo manejable, se había convertido en un infierno mediático. Su nombre era tendencia. Pero no por sus inversiones o por su visión en negocios, sino por haberse dejado agachar con su secretaria mientras sonaba “Yellow” de fondo. Literal. Lo habían remixeado. Ya había un trend. El sonido del celular lo sacó de su tormenta mental. Pantalla: Papá Isabela. El hombre que le había abierto las puertas al mundo que ahora estaba perdiendo. Respiró hondo, sabiendo que no tenía cómo defenderse. —¿Sí, don Eugenio? El rugido que recibió de vuelta hizo eco en su tímpano: —¡Eres un maldito imbécil, Alejandro! ¡No por acostarte con la secretaria —eso lo entiendo, somos hombres— sino por dejarte grabar como un adolescente calenturiento! Silencio. Alejandro tragó saliva. —Se me fue de las manos... —musitó. —¡Y ahora mi hija es una burla nacional, y tú también! ¿Sabes lo que eso significa para los accionistas? Para mis empresas, tus contratos, TU apellido que solo vale por el mío. Alejandro apretó los puños. La voz de don Eugenio no solo escupía enojo, también decepción. —¿Y todo por una aventura? —continuó el magnate—. ¿Una falda con cara de becaria? ¿Una secretaria que apenas sabe usar Excel? Mírate... si ibas a ser infiel, al menos ten la decencia de hacerlo como un hombre con poder. Discreción, Alejandro. Discreción. No sentimientos.** Ese fue el gancho. Alejandro cerró los ojos. Porque sí… con Valeria se le habían revuelto cosas. Más allá del deseo. Le gustaba su forma de reír, de desafiarlo. Le hizo sentir algo que Isabela ya no le despertaba. ¿Pero a qué costo? —Esto no es solo tu matrimonio en ruinas, muchacho. Es tu imperio tambaleando. Tu apellido empezando a sonar como chiste. —Lo sé. —respondió Alejandro, sin excusas. —Lo que no sabes es que si Isabela decide divorciarse, perderás todo. Las propiedades. La presidencia. La reputación. Un golpe final: —Y si eso pasa… no me busques. La llamada se cortó. Alejandro se quedó mirando el teléfono un momento más. Luego lo arrojó con fuerza contra la pared. Se rompió en mil pedazos. Igual que su vida. El escándalo no solo se había convertido en tendencia en redes, había hecho estallar una bomba en el corazón del emporio que Alejandro comandaba. Eran las once en punto cuando recibió la llamada de su asistente personal. —Señor Torres... lo solicitan en la sala de juntas. Es urgente. Los accionistas ya están reunidos. Alejandro, aún con la mano vendada tras el accidente con los vidrios, sabía lo que venía. Había tratado de sostener la compostura en casa, con Isabela negándole la mirada, dormitando en el cuarto de huéspedes mientras ella pasaba la noche en vela, llorando en el suelo de su habitación. Lo que no esperaba era que el mundo empresarial al que se debía con tanto orgullo, fuera tan... implacable. Al entrar a la sala, lo esperaban diez hombres y mujeres con trajes oscuros, rostros serios y ojos como cuchillas. En la cabecera de la mesa estaba el abogado del consejo, el mismo que lo felicitó el día que firmaron el contrato con la metalúrgica internacional. Ese día todos brindaban por el "nuevo gigante mexicano de la infraestructura". Ahora lo miraban como si fuera un traidor a la patria. —Alejandro —comenzó el vicepresidente—, esto no es una intervención moral. A nadie aquí le importa tu vida privada, mientras no afecte el capital y la imagen de esta empresa. Pero lo hiciste público, frente a miles de personas. Y luego lo viralizaron millones. Silencio. Una pantalla al fondo mostró los titulares de los medios digitales: "CEO de Torres Corp es captado besando a su secretaria durante concierto" "Infidelidad corporativa: acciones de Torres Corp caen tras escándalo viral" "¿El nuevo caso ‘Piqué-Shakira’? Empresario mexicano expuesto por su infidelidad" —Las acciones bajaron un 7.5 % esta semana. Las empresas asociadas quieren garantías, el equipo legal está saturado con medios solicitando entrevistas, y el comité ético exige una respuesta. Alejandro mantuvo el ceño apretado. No diría nada todavía. Estaba acostumbrado a que lo escucharan hablar, no a rendir cuentas. Pero esta vez, no era el hombre más poderoso en esa mesa. —¿Qué proponen? —preguntó seco. Un m*****o del consejo, una mujer que había sido su aliada durante años, lo miró sin piedad. —Tienes que desaparecer del foco mediático. Al menos hasta que esto baje. Te vas a Barcelona a cerrar el contrato con "Catalana Constructora". Ellos aún confían en el proyecto, pero si sienten que su imagen será afectada, lo cancelarán. Si se cae ese negocio, Alejandro, tú también caes. —¿Y si me niego? —Entonces tú mismo das la rueda de prensa anunciando tu renuncia, nosotros emitimos un comunicado desvinculándonos de ti y activamos la cláusula de incumplimiento fiduciario. —El abogado alzó un sobre cerrado—. Tendrás que devolver gran parte de tus utilidades de los últimos tres años. Incluidas las que ayudaron a levantar el consorcio. Alejandro los miró con una furia contenida. Su ego sangraba. Pero no era un idiota. Sabía que no tenía margen para actuar como tal. Respiró hondo. Asintió lentamente. —Iré a Barcelona. Cerraré el trato. —Y cortarás todo vínculo con Valeria —añadió otro accionista, casi como escupiendo veneno—. O esta empresa te va a tragar entero. No respondió. Solo recogió su teléfono, su portátil y su dignidad hecha jirones, y se marchó sin mirar atrás. En su camino al elevador, ya no era el CEO inquebrantable que entraba con paso seguro. Era un hombre marcado, cuestionado, contenido como una bomba de relojería. Su teléfono vibraba con mensajes de odio, insultos, amenazas, burlas. Una de las pantallas del lobby mostraba aún los clips del concierto. Su imagen, agachado, besando a Valeria con descaro. Una mujer con voz en off decía: "Y ahí está el empresario que nos representa, con su secretaria, mientras su esposa lo veía desde la zona VIP..." Alejandro apretó los puños. Y mientras él descendía en el ascensor rumbo a su próxima humillación en Barcelona, Isabela, en casa, leía por vigésima vez el contrato prenupcial. Sabía lo que ese documento significaba. Si se divorciaban, él lo perdería todo. Y aún así, no sentía ni una pizca de lástima.
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