El viernes siguiente, Katerina apretó la mano de su esposo mientras lo acompañaba a su fiesta de poesía en la casa de los Wilder. Esta vez, se sentía nerviosa pero con buena salud. Los moretones habían desaparecido hace días y los cortes en su espalda casi habían sanado por completo. Llevaba sus correas, no un corsé con cordones ajustados, y así podía respirar libremente. Ya sin mareos, se encontró capaz de contemplar la habitación y sus ocupantes con mayor atención de la que había prestado antes. El señor Wilder se apoyó en la chimenea, fumando un puro grueso. Se dio cuenta de que Christopher lo miraba fijamente y hacía una mueca de disgusto. James Cary se sentó en un sillón, pero esta vez tenía a la encantadora señorita Carlisle sentada a su lado con otro vestido verde menta que enfati

