Capítulo 17

1181 Palabras
"Asegúrate de que tu peor enemigo no viva entre tus dos oídos" Laird Hamilton Hoy definitivamente necesitaba un trago. Salí sigilosamente de la casa de mis jefes para ir al bar del viejo Sam. Cómo extraño a ese viejo. Era un buen tipo, pero su lucha contra el cáncer lo derrotó. Ahora, su sobrino se encarga de él. Llegué cerca de las diez al bar y Conrad me recibe en la barra con esa sonrisa amable que sacó de su tío. —¿Y ese milagro? —Necesito recargar baterías. —¿Tan mal?— niega y vuelve a sonreír —. Perdona, se me olvida que tu vida cambió sin previo aviso. —Es difícil, Conrad, pero lo intento. Diablos si que lo intento. —¿Cómo están los niños? —Los más pequeños mejor, están tan metidos en su mundo que siento que es una suerte que vayan superando la pérdida de mi Bri de buena forma, igual la señora Natasha y Vannah están haciendo su trabajo. —¿Y Bri? No me digas que por ella estás aquí. —¿Qué comes que adivinas? —No la nombraste, eso me dice que algo pasa con esa pequeña traviesa. —Es que hoy me superó. La pillé en medio de una de las visitas de la señorita Santillán al médico y de nuevo estaba perdiendo el tiempo. —O sea que estaba tocando el violín. Era una afirmación, pero ¿por qué sentía que iba más allá? Bri, tenía todos los atributos de su madre, era hermosa, inteligente y le gustaba el violín. Algo que le demandaba mucho tiempo y siempre era mi gran discusión con Brianna. Odiaba que mi hija fuera artista y varias veces se lo reclamé. Flashback —Esta es la pieza que va a tocar nuestra pequeña en el concierto de la escuela, está tan ansiosa que me vuelve loca. —No sé por qué le fomentas tanto eso, Bri tiene que preocuparse de los parciales, es la única forma en que podrá mantener su beca en ese maldito colegio. —Había pensado en que la cambiáramos a la escuela de arte de Nueva York, Bri… —¿Qué? ¡No! Ella no será como la señora Alma o Cameron que tienen el mundo y el dinero para hacerlo, ya bastante me quiebro el lomo con todo el trabajo que tengo para seguir fomentando tus sueños rotos en nuestra hija. —Eres un tonto, ¿No ves el gran potencial que Bri tiene? —Eso solo lo ves tú, Brianna porque quieres proyectar tus sueños frustrados en ella. —No lo puedo creer… Fin del flashback —Pues parece que Bri tenía razón y tu hija es buena en lo que hace. Debieras pensarlo, hermano y no cortar sus alas. Puede que la niña sea una gran artista y ahora que vives con una con mayor razón. —¿Puedes creer que ella me gritó? —¿La violinista? — asentí, mientras me tomaba el último sorbo de la cerveza — ¿Y qué esperabas? Me imagino que ella se puso de lado de tu hija. —Claro que se puso de lado de ella, más cuando Bri me gritó que hubiese preferido que yo me muriera. —Y ahí viene tu drama— lanza el paño en la barra y se cruza de brazos —. Pensaste lo mismo que ella. —En cierta forma sí, yo vivo en medio del peligro y ella… ella por una tontería… Dios. Las lágrimas me inundaron los ojos, la garganta se me secó y ese dolor punzante de la pérdida volvió con más fuerza. —Debería haber sido yo. Después de cuatro cervezas más y seguir conversando entre tragos que preparaba Conrad me decidí por volver. La noche me recibió fría e indiferente. Las personas caminan sin mirar, las luces y el bullicio de Nueva York es el fiel testigo de mi dolor y mi vergüenza por no ser yo y haber sido ella la que se fue. —Ellos estarían mejor contigo, Bri… No te culpes… Lo que pasó fue lo que debía pasar… Vive, Rubén. No te pierdas en tu propio dolor y supéralo pasito a pasito… No seas tu propio enemigo y aprende a escuchar… —¿Bri? ¡Maldición! No sé qué me pasó, pero desperté en mi auto, afuera de la casa de mis jefes con dolor que me martilla la cabeza y otra vez soñando con ella. Salí a duras penas del auto y caminé tratando de que nadie me viera, no quería seguir dando lástima, pero mi suerte no estaba acompañándome hoy. —Rubén ¿Podemos hablar? —¿Puede ser más tarde, señorita? Necesito darme una ducha y organizarme. Paso por su lado y ella me toma el brazo para detenerme. —Tu hija… Ella… —Creo que eso lo discutimos ayer, señorita Santillán. Es mí hija y yo velaré por ella, usted es solo una invitada en esta casa y le pediría por favor que no se metiera dónde no la llamaron. Ya le dije una vez, no se inmiscuya con ellos y manténgase lo más alejada posible si puede. Solté su mano de mi chaqueta y no me quedé a escucharla. —¿Quién se cree que es? Estaba más molesto que antes, no quiero que ella se acerque a los niños y ya está bueno, creo que debemos volver a nuestro hogar. Entro en la habitación que acondicionaron para mí y como cada vez que la veo siento que no es mi lugar. Me meto a la ducha y dejo que el agua fría me baje la molestia, necesito estar claro y sereno para lo que haré hoy. Salgo de la ducha y ahí está ella. Me quedo de una pieza porque no baja la mirada al verme medio desnudo. —¿Qué no entiende cuando le hablan señorita Santillán? —Entiendo perfectamente lo que me dijo, pero no quiero… No puedo… intento entenderlo, de ponerme en su lugar y sé que es difícil, pero Bri… Ella no habría querido esto que usted hace, Rubén. Estamos a pocos pasos de distancia, no sé ni cómo llegué a estar frente a ella que nuestras respiraciones se mezclan. —Usted no sabe lo que ella podría querer o no, ella está muerta ¿Se le olvida? —No se me olvida, pero usted y los niños están vivos y tienen que seguir adelante. Puede que no la conociera, pero sus hijos… esos hermosos niños ya perdieron a su madre, no deje que también lo pierdan a usted. Sus palabras y esa mirada altiva que me muestra son tan distintas a la de aquella mujer que conocí que un escalofrío me recorre todo el cuerpo. Su cercanía me aturde. La miró a los ojos y es ahí que noto que ha llorado y no sé por qué eso me molesta. Con mi mano limpio los restos de una lágrima loca que vuelve a aflorar y siento que ese toque me calienta el alma. ¿Qué me estaba pasando?
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