Entonces la veo. Mi salvación con lentes: Mila. Ahí está, cerca de mi escritorio, ese que ya sé que es mío porque tiene un marco que dice en letras doradas “Secretaria de Presidencia – Ivanna Petrova”. Sí, Ivanna. Yo. Bueno… hoy soy yo, mañana ya veremos si sobrevivo.
Me acerco casi corriendo, intentando no parecer una vaca desbocada con tacones.
—Mila —susurro primero, pero ella ni me oye porque está pegada a su computadora. Le toco el hombro y pega un brinco.
—¡Ay, Ivanna! Me asustaste… ¿qué pasó? ¿El jefe ya se calmó?
Suspiro y pongo mi mejor cara de “dama elegante en control de la situación”, aunque por dentro estoy gritando ¡socorro!
—Necesito saber dónde hacen los cafés. El ogro… digo, el jefe… quiere uno preparado por mí.
Los ojos de Mila casi se le salen de la cara.
—¿¡Qué!? Pero… ¡yo se lo hice hace un rato!
—¿Tú? —abro mis ojos como platos, haciendo la actuación de mi vida—. Oh… gracias, Mila… gracias, pero eso no funcionó.
Me acerco un poco más y le susurro como si estuviéramos compartiendo un secreto de Estado.
—Se dio cuenta. Dice que lo tengo que preparar yo. ¿Me puedes mostrar dónde… y cómo?
—Pero… —ella pestañea—. ¡Tú sabes hacerlos!
Me le quedo viendo en silencio, con la sonrisa más falsa de Moscú.
—Bueno… puede que… se me haya olvidado un poco. —Le guiño un ojo.
Mila suspira como si acabara de confirmar que su jefa oficial ha perdido un tornillo, pero se levanta.
—Está bien… ven.
Caminamos por el pasillo, y siento todas las miradas encima. Esas chismosas de cubículo que se creen discretas se asoman como periscopios humanos. Sé que están deseando un drama. Bueno, drama es lo que van a tener.
—¿Y estos cubículos de aquí qué son? —pregunto para hacer conversación mientras esquivo una maceta que parece más cara que mi salario inexistente.
—¿De verdad no recuerdas nada? —me dice Mila, con esa vocecita entre asustada y divertida—. Dime la verdad… ¿dónde pasaste tus vacaciones? Es que ahora eres… no sé… ¡bromista!
Me río nerviosa.
—Digamos que fueron unas vacaciones… intensas. —Si llamas intensa a lidiar con vacas y gallinas, sí, intensas.
Ella sacude la cabeza.
—Este pasillo es el área elite. Aquí solo están los seleccionados. Presidencia, asistencia ejecutiva, legal. Todos los demás pisos son áreas operativas: marketing, diseño, logística… lo que hace que esta empresa sea de las mejores de mercadeo del país. Pero… tú sabes todo esto.
—Claro… claro que lo sé —respondo mientras pienso gracias por la clase express.
Finalmente, Mila me lleva hasta una sala con sillones modernos y una mesa larga con frutas, galletas y… la cafetera más intimidante que he visto en mi vida.
—Aquí puedes hacer el café —dice ella.
Me quedo mirándola como si acabara de mostrarme la cabina de un avión.
—¿Y puedes ayudarme? Es que… —Me acerco un poco, conspiradora—. No sé dónde se hace el café.
—¿¡Quéee!? —chilla ella—. Ivanna… ¿estás bien?
—Sí, sí. Tranquila. Solo… vete, no quiero que noten que no estás en tu puesto.
Ella se queda dudando, luego sonríe con nervios y se va.
Perfecto. Momento de sacar mi arma secreta: el celular del rancho, directo desde mi escote. Sí, en el pueblo lo llevaba ahí porque entre cargar cubetas y abrir corrales, era el único lugar seguro.
Marco el número de Ivanna. Responde al segundo tono.
—¿Katya? ¿Qué pasó?
—¡¿Cómo se hace un maldito café?! —susurro histérica—. ¿Sabes que yo lo hacía en fogón y con una olla? ¡Y aquí no veo ni leña, ni fuego, ni olla!
Escucho un gemido de desesperación al otro lado.
—Mierda, Katya…
—Sí, mierda, porque si no le llevo un café perfecto, el ogro me va a colgar de la lámpara.
—Te mandaré un video de la cafetera y cómo funciona —dice mi hermana con la paciencia de una santa a punto de explotar—. Solo… no rompas nada.
—No prometo nada. —Cuelgo mientras observo la máquina futurista con la certeza de que me va a comer viva.
*
Me quedo sola en esa sala de descanso, frente a la cafetera. La miro como si fuera un alienígena a punto de abducirme. Negra, brillante, con más botones que el tablero de un avión, y luces que parpadean en rojo, azul y verde.
—A ver, maldita máquina —susurro—, yo soy Katya Petrova… bueno, Ivanna Petrova hoy… y tú eres solo una cafetera. No voy a dejar que me intimides.
Saco el celular de mi escote otra vez (sí, mi bolso oficial) y reviso el mensaje de Ivanna. Me mandó un video tutorial de YouTube con el título: “Cafetera Espresso Profesional – ¡Fácil y Rápido!”
Le doy play.
Aparece un tipo con gorro de chef y sonrisa falsa diciendo:
—¡Hola amantes del café! Hoy les enseñaré a preparar el espresso perfecto con esta máquina…
—Sí, sí… rápido, que mi jefe tiene cara de querer arrancarme la cabeza —murmuro.
El hombre empieza a explicar mientras acaricia la cafetera como si fuera su novia.
—Primero, debes llenar el compartimiento de agua.
—¿Compartimiento de qué? —miro la máquina y veo una tapa. La abro.
Veo algo que parece un tanque. Agarro la jarra de agua que está al lado y la vacío toda.
—Listo… —susurro orgullosa.
El hombre sigue:
—Ahora, coloca el café molido en el portafiltro, presiónalo suavemente y asegúrate de que quede uniforme.
—¿Portafiltro? —miro la cafetera.
Hay una palanca metálica que parece una pistola de agua futurista. La agarro, la jalo y… ¡CLANK!
—¡Aaah! —casi me arranco una uña—.
Al final sale la pieza. La pongo en la mesa. Parece una mini olla.
Busco el café molido. Hay un tarro. Lo abro y me llega un olor delicioso. Ok, hasta aquí vamos bien. Lo lleno hasta el tope. Ni suave ni uniforme. A lo rancho style: mientras más, mejor.
El video sigue:
—Presionen ligeramente con el tamper.
—¿Tamper? —miro alrededor.