Silencio. Luego, una voz distorsionada, femenina, burlona. —Dile a la pequeña farsante que esto apenas empieza. Se me hiela la sangre. —¿Quién mierda eres? —pregunto, poniéndome de pie de inmediato. La risa que responde es áspera, venenosa. —Pregúntale a tu “secretaria”. Ella sabe muy bien quién soy. El clic del teléfono cortando la llamada me deja con la mandíbula apretada y los puños cerrados. Ivanna. Tenía que ser ella. Guardo el celular de golpe y miro hacia la sección donde Katya se prueba un vestido. No tiene ni idea de la llamada. No sabe que su hermana sigue jugando desde las sombras, como una araña en su telaraña. Y yo, idiota, atrapado en medio. Camino hacia ella, con pasos firmes, intentando que la rabia no se me note demasiado en la cara. Pero Katya, por supuesto, lo

