Me acerco a Alexei y le susurro con desesperación: —¿Así por así? —Sí. —Me mira fijo—. Así por así. Mis piernas tiemblan. Camino como puedo, sostenida más por su mano que por mis propios pies. Entramos al salón. Grande, elegante, demasiado perfecto. Dos empleados están ahí, expectantes. Y entonces el hombre canoso, que ahora se presenta como Fabián, dice: —Ellos serán nuestros testigos. El corazón me da un salto. Testigos. De algo que no sé si quiero. Fabián camina hasta una mesa, se acomoda con calma y abre un libro enorme, de esos que huelen a autoridad. Y antes de continuar, le extiende una cajita a Alexei. Una cajita con un anillo. Me quedo helada. Los ojos me arden de la sorpresa. ¿Cómo? ¿Esto ocurrió cuándo? ¿Quéee? No sé. No entiendo. ¿Será que ya lo había planeado todo

