Selene No sabía hacia dónde, ni por dónde íbamos, solo sé que el mundo se convirtió para mi en absoluta oscuridad. No sabía cuántos minutos habían pasado desde que el vehículo arrancó, pero cada segundo se sentía como una condena. Tenía la cabeza agachada, la boca amordazada, las manos atadas a la espalda con una soga tan gruesa que ya comenzaban a dormírseme los dedos. La venda sobre los ojos me impedía ver, pero no anulaba el hedor agrio del interior del coche, una mezcla de cuero viejo, gasolina, sudor, desesperación. El motor zumbaba como un lamento sordo, y cada curva o bache hacía que mi cuerpo se sacudiera sin control. El suelo del vehículo estaba cubierto por una alfombra áspera que raspaba mis rodillas, y la chapa metálica del lateral me golpeaba cada vez que me desplazaba

