Selene. … Y aunque el beso de Kael no era el mismo… el miedo sí lo era. Un miedo visceral, primitivo, que arrastraba recuerdos de noches rotas y cuerpos usados. Un miedo que no entendía de diferencias ni de matices. El mío era un cuerpo entrenado para estremecerse ante cualquier fuerza, incluso si venía disfrazada de deseo. Kael se separó con brusquedad. Sus ojos me buscaron. No con lujuria, sino con desconcierto. Como si, por primera vez, viera más allá de mi piel. Como si no esperara encontrar cicatrices que no sangraban, pero gritaban. Yo retrocedí hasta sentir la pared fría contra mi espalda. Me abracé a mí misma, jadeando. El pecho subía y bajaba en un ritmo frenético, los ojos abiertos de par en par, como si acabara de despertar de una pesadilla… aunque aún no lo hiciera. Kael

