Alaya Montero La noche había caído con un silencio tan denso que incluso el viento parecía respetarlo. La cabaña en la que dormía era pequeña, cálida, con aroma a madera vieja y jazmines frescos. De día podía engañarme y creer que era libre, pero por las noches… por las noches la oscuridad sabía mi nombre. Me removí en la cama, girando sobre las sábanas suaves, hasta que las sombras de mi mente comenzaron a filtrarse en los sueños. Primero fueron pasos. Lentos. Ineludibles. Luego, la sensación familiar de frío en los pies descalzos, de cadenas que rozan el suelo. En el sueño, estaba de nuevo en esa habitación sin ventanas, donde el aire olía a humedad y miedo. Donde los gritos ajenos se confundían con los míos. —No importa cuánto corras —susurró la voz masculina, áspera, podrida de cru

