Kael Draven
Horas antes
El olor del humo se mezclaba con la madera antigua del despacho. Encendí el cigarro lentamente, como todo en mi vida: con control. Observé la pantalla del monitor frente a mí mientras Marek perdía su última mano en la mesa del Crimson Club.
Patético, pensé.
Ni siquiera opuso resistencia. Su desesperación olía peor que su sudor. Me había apostado su casa, su nombre… y luego a ella. A Selene.
No lo miré cuando vino a rogarme entre balbuceos de borracho que le diera otra oportunidad, porque nunca quiso apostarla a ella. Pero yo no estaba dispuesto a ceder. Había esperado tanto este momento, que no iba a desperdiciarlo.
Ya sabía todo de ella. Se había convertido en mi obsesión. Tenía sus fotos desde hace meses, incluso informes médicos de sus abuelos, detalles de los golpes que su marido le propinaba. El muy idiota ni siquiera trataba de ocultarlos.
Yo la había estado observando desde la distancia. Cada vez que Marek aparecía en mis listas de deudores, me bastaba con un clic para ver cómo se hundía. Pero ella… ella era diferente. Seguía de pie, aún rota.
No sé en qué momento dejé de mirar su expediente como parte de mi trabajo… y empecé a estudiarla como si me perteneciera.
Y ahora, lo hacía.
Marek firmó su condena sin entender que no jugaba con un simple apostador. Yo no iba por dinero. Fui por lo único que le quedaba.
La mujer que yo codiciaba.
Horas más tarde, me avisaron de su accidente. Coche volcado, sangre en el parabrisas, cuerpo calcinado.
Fruncí el ceño. No por su muerte. Si no porque ahora tendría que tratar con los padres.
No me gustaban los rodeos. Levanté el teléfono y le pedí a uno de mis hombres que fuera a por ellos.
Cuando llegaron al club, los recibí en mi despacho. El padre de Marek parecía tranquilo; su madre, nerviosa. No les ofrecí asiento.
—Así que… su hijo decidió apostar su alma. Y perdió —dije sin rodeos.
—Él no… no sabía lo que hacía —balbuceó la mujer.
—Sí, lo sabía —la interrumpí—. Pero eso no importa. Lo que importa es lo que firmó.
—La casa… —empezó a decir el padre, con voz contenida.
—La casa de él es mía, y todas las propiedades de ustedes también —sentencié.
—Usted no puede hacer eso, no puede dejarnos sin nada… somos muy ancianos para trabajar, por favor no nos despoje de nuestros bienes… tenga piedad —suplicó la mujer arrodillándose frente a mí con los ojos bañados en lágrimas, pero eso a mí no me conmovió, poco me importaba el sufrimiento de la gente.
—No pierda su tiempo de rodillas, señora. ¡Levántese! —ordené con frialdad—. Sus súplicas no cambiarán nada. Su hijo firmó un contrato, y ahora deben cumplirlo, deben entregarme todo… a menos que… —solté para darles esperanza—, que paguen el monto de la deuda de su hijo.
El padre ayudó a su esposa a ponerse de pie, sus ojos llenos de una mezcla de miedo y resignación.
—No tenemos dinero, ni nada que ofrecerle —dijo el hombre con voz ronca—. ¿Qué podríamos tener que a usted le interese?
Una sonrisa se dibujó en mis labios.
—La verdad, no quiero nada de ustedes… pero quiero a Selene.
El silencio que siguió fue casi tangible. El padre de Marek ahogó un grito, mientras su esposo me miraba con incredulidad.
—¿Selene? Pero... ella no tiene nada que ver con esto —protestó el hombre débilmente.
—Al contrario —respondí, apagando mi cigarro—. Tiene todo que ver. Su hijo la apostó, y ahora me pertenece.
—Selene no va a aceptar esto. Ella no tiene culpa de nada —dijo el hombre.
—Lo sé, sin embargo, es lo único valioso que Marek tenía —repliqué—. Fue su elección. Yo solo acepté la apuesta. Si la traen les dejo su casa.
El silencio se hizo pesado.
El padre de Marek bajó la mirada. Sabía que no había escapatoria. Había visto mis métodos antes. Nadie negociaba conmigo. Nadie ganaba.
—Queremos pedirle que no la dañe —dijo él.
—Eso depende de ella —respondí, encendiendo otro cigarro—. Si es cooperativa, no tiene por qué sufrir. Pero no pienso dejarla ir. Ya es mía.
—¿Qué quiere de ella?
Me incliné hacia adelante.
—Que esté donde la pueda ver. Que respire bajo mi techo. Que aprenda que hay jaulas peores que la pobreza.
El padre comenzó a hablar.
—Le ruego que…
—No rueguen —lo corté—. No mendigue por alguien a quien ustedes no soportan y mucho menos les importa.
Y entonces les di un ultimátum.
—Tienen dos horas.
El padre de Marek me miró.
—¿Dos horas para qué?
—Para traerla aquí —dije con calma—. Limpia, sola, y vestida como corresponde. Si no lo hacen, iré por ella personalmente. Y créanme… no les gustará que sea yo quien la busque.
—Pero ella… no sabe nada —dijo el padre.
—Entonces díganselo en el camino.
Me levanté.
—Ahora decidan, ¿se van a convertir en los héroes que nunca fueron… o en los traidores que siempre han sido?
Los padres de Marek se miraron, pero asintieron en silencio. Sabían que no tenían otra opción.
—Excelente decisión —dije con una sonrisa fría. —Ahora, si me disculpan, tengo asuntos que atender. Los veré en dos horas con Selene.
Salieron de mi oficina con paso derrotado. Yo me serví un whisky y me acerqué al ventanal que daba a la ciudad. Pronto, muy pronto, tendría a Selene bajo mi control. La anticipación me recorría el cuerpo como electricidad.
Pasé la siguiente hora revisando informes y cerrando tratos pendientes. El Crimson Club nunca dormía, y yo tampoco. Cada minuto era una oportunidad para expandir mi imperio criminal.
Cuando faltaban quince minutos para que se cumpliera el plazo, mi teléfono sonó.
—Señor Draven, han llegado —informó mi asistente.
—Hazlos pasar —ordené, acomodándome en mi sillón de cuero.
Los invité a pasar, la puerta se abrió y entraron los padres de Marek, flanqueando a una mujer delgada y pálida. Selene. Verla en persona, después de tanto tiempo observándola desde lejos, me dejó sin aliento por un segundo.
Sus ojos, grandes y oscuros, recorrieron la habitación con cautela antes de posarse en mí. Vi miedo en ellos, pero también una chispa de desafío que me intrigó.
—Ah, la viuda —dije, con una sonrisa fría. —Y los padres del difunto. ¡Qué reunión tan conmovedora!
Selene se estremeció visiblemente ante mis palabras, pero mantuvo la compostura. Admiré su fortaleza, considerando las circunstancias.
—Señor Draven —comenzó el padre de Marek con voz temblorosa, —hemos traído a Selene como usted ordenó. Por favor, sea razonable...
Ignoré sus palabras.
—Nuestra conversación ha terminado. Pueden retirarse.
El padre de Marek ahogó un gruñido. Selene los miró con una mezcla de confusión y preocupación en sus ojos.
—¿Qué está pasando? ¿Es por la apuesta? ¿Esto tiene que ver con la casa? —preguntó, su voz apenas un susurro.
Me levanté lentamente, saboreando el momento.
—No querida… no es por la casa. Solo quería notificarte que tu difunto esposo te apostó, y yo gané. ¡Ahora eres mía!