Selene Kael siguió peinándome con movimientos lentos y metódicos. El roce del cepillo contra mi cuero cabelludo era como una caricia hipnótica. Poco a poco, la tensión fue abandonando mis hombros. —¿Desde cuándo? —pregunté en un susurro, sin abrir los ojos. Sus manos se detuvieron por un instante. —Desde que tenías quince años —respondió con voz grave—. Te vi salir de la biblioteca un día. Llevabas un vestido azul cielo, reías con tus amigas. En ese momento supe que eras especial. Un escalofrío me recorrió la espalda. Recordaba ese vestido. Recordaba ese día. —¿Por qué yo? —insistí. Kael reanudó el cepillado, como si el movimiento lo ayudara a pensar. —No lo sé —admitió—. Hay algo en ti que me llamó la atención desde el principio. Tu luz, tu inocencia, tu sonrisa. Quise proteger

