Capítulo 1: Un simple favor.

1426 Palabras
Narra Sarah —Ya voy mamá, yo te cubro, no te preocupes. Salí de la cocina amarrando en mi espalda con dificultad mi delantal. Saqué de mi bolsillo una libreta y saqué de mi chongo el lapicero para tomar la orden. —¡Buen día! Bienvenido a comidas Alian, ¿Qué se le ofrece? —Buen día, quiero la especialidad de la mañana, por favor. El caballero parecía un cliente habitual por la orden que había pedido, pero no recuerdo su rostro. —Claro que sí, en quince minutos traigo su pedido. Fui a la cocina para darle a mi padre la comanda. —¡Sarah! ¡Buenos días! Escuché las campanas de la puerta más fuertes que nunca, era claro quien había llegado. —Sarah, te dije que hablaras con Marion, el día menos pensado matará a alguien de un susto. —Papá, baja la voz, te escuchará —dije en voz baja. —¡Aquí estás! Buenos días, familia Alian, ¿Cómo están? Marion entró a la cocina y pasó su brazo por los hombros de mi padre. —Eso huele muy rico, señor Wilson. ¿Qué es? —Es tocino Marion, solo tocino. Dime, ¿Qué quieres? No me digas que vienes a llevarte a Sarah. —Será solo un momento señor Wilson, cinco cortos minutos, vea que debo ir al trabajo y se me hace tarde. —Solo cinco minutos, ni uno más. —No tardo papá. Estamos algo apurados porque mama tuvo un contratiempo con el baño, parece que algo le calló mal a su estómago. Salí con Marion por la parte trasera del restaurante, al abrir la puerta trasera salimos a un callejón pequeño en el que acomodamos la basura. —¿Qué sucede? —Sarah, tenía que hablar con alguien, es que no se como proceder ante este caos. Marion es algo sobreactuada, es una chica llena de mucha energía. —No me digas, ¿es por la cita? ¿pasó algo especial? —Sí, Sarah. Ese tipo estaba loco. Te contaré, fuimos primero al cine, lo que agradecí porque así no tendría que verlo. Tampoco me tendría que hablar, lo que era aun mejor, pero no sabes. De la nada pasó su brazo por detrás de mis hombros, quiso pegarme hasta él. Hasta vi que hizo trompa con su boca para besarme. ¡fue asqueroso! —¿Y luego? —¿Luego? Le di un fuerte codazo en su barriga, me disculpé por golpearlo y le mentí diciéndole que tengo una especie de espasmo que me hacía reaccionar así de manera involuntaria. Gracias a eso no se me acercó más. Pero después me invitó a jugar bolos, caminaba a casi dos metros de mí. En la sala de bolos tiré “sin querer” un par de veces la bola en su pie, la primera vez se resistió, pero a la tercera ya estaba sacando excusas para dejar la cena para otro día. —Entonces ¿hasta allí quedó? —¡No! Mi abuelo llamó en el peor momento, estaba por lograrlo, estaba por ahuyentarlo; pero me llené de miedo. Así que tuve que terminar la cita. Marion rasca su cabeza y se torna preocupada. —¿Qué pasó? No me digas que le hiciste algo a ese pobre hombre, desde que te vio lo estabas lastimando, no me digas que se te fue la mano. —Fue sin querer —responde—. Fuimos al restaurante, ya estaba desesperada, ese hombre empezaba a rozar su zapato en mi pierna, hasta intentó tomar mi mano ¿lo puedes creer? Después de todo lo que había pasado, aun quería estar de pegajoso. Así que no tuve más opción que aventarle el café caliente que había pedido en su pecho. —¡Marion! Pero… —Le dije que fue sin querer, que tuve uno de mis espasmos y que fue un accidente. Marion siempre intenta alejar a los hombres, mientras su abuelo se toma el tiempo de preparar citas a ciegas, ella se encarga de espantarlos uno a uno con diferentes estrategias. Ha pasado de ir vestida de forma extravagante y demasiado ridícula a lugares super elegantes, a llorar por su supuesta expareja con su cita, ha fingido tener problemas mentales e incluso fue a una de sus citas fingiendo tener a un amigo imaginario. ¡Oh! Como olvidar la vez que le dijo a su cita que era una médium y que le podía dar un mensaje de los espíritus que lo rodeaban. —¿Hasta cuando seguirás con lo mismo? —No lo sé, pero estuve a punto de morirme cuando lo vi saltar como cabra por la quemadura. Lo bueno fue que no quiso verme más. —Entonces ¿Qué es lo que te preocupa? —Es mi abuelo Abel, al no terminar la cita como esperaba. Ha preparado otra, ¿lo puedes creer? —Dile que no, por primera vez dile que no. —¡No puedo! No quiero discusiones con ese ancianito. Si lo pongo de mal ánimo será peor y lo que en este momento necesito, es que esté feliz como una lombriz. —Marion, no entiendo cual es el problema. Entonces ve a la cita y haz lo que siempre haces. Miraba el reloj y los cinco minutos se había pasado hace diez minutos. —Que esa noche tengo algo importante, muy importante y no puedo ir. —¿Qué tienes que hacer? —pregunté sentándome sobre uno de los botes de basura. —Es el cumpleaños de Luna, ya está todo un viaje planeado a Marruecos, hace mucho planeamos el viaje y no puedo faltar. —¿Qué piensas hacer entonces? —Pues, estuve pensando que… —¡Marion! Suelta a mi hija, ya pasaron los cinco minutos —grita papá desde la cocina. —Señor Wilson, no se afane. El afán solo le traerá más arrugas. Marion le habla a mi padre como si fuera su abuelo, ella es así. —Debo entrar, mamá no estará en el restaurante y debo cubrirla. Me levanté del bote de basura y sacudí mi pantalón. —Sé breve, ¿Qué harás? —Estaba pensando que tu podrías sustituirme. —¡¿Qué?! ¿te volviste loca? —No, es muy simple. —No. Entré a la cocina y tomé la bandeja con el pedido especial que pidió el cliente. Marion estaba detrás de mi intentando convencerme. —Vamos, solo tienes que ir al restaurante y hacer de esa cita un completo desastre, espanta al hombre y ¡gualá! Misión cumplida. —No. Salí con la bandeja y fui hasta el cliente, le entregué sus platillos y me disculpé por la demora. —Sarah, amiguita de mi vida, por favor. —No. Marion, estoy ocupada. Mira la cantidad de clientes que no he atendido por ti. Marion entra a la cocina y sale con un delantal, va a las otras mesas para empezar a tomar los pedidos. Le pedí a Dios una amiga, pero solo para eso me alcanzó la fe. ¿Por qué es así? Nos tomó unos veinte minutos más desenredar el caos con las comandas, media hora más en sacar los pedidos y casi una hora más tener un espacio. —Sarah, por favor. —Marion, no puedo hacerlo. Donde tu abuelo se entere no quiero saber que será de mí. —No se enterará, es una cita a ciegas. Vamos, por favor, te lo suplico ¿sí? Marion estaba pegada de mi camiseta meneándome de lado a lado. —No estoy segura, es demasiado arriesgado. —Sarah, Sarita. Será sencillo, vas al restaurante y si quieres te duermes en la mesa durante la cita; después levantas tu trasero de la silla y te vienes para tu casa. Haces algo tan simple mientras yo disfruto del viaje, prometo traerte algo bonito, ¿sí? —Con pensar en la cara de abuelo Abel, las piernas me tiemblan. —¡Dios! Dame una respuesta, tengo una reunión importante en la agencia. —Lo pensaré, voy a pensarlo y luego te doy una respuesta. —Va, más tarde regreso, de verdad espero que me ayudes, eres la única que puedes salvarme la vida. Marion me da un beso en la mejilla y entra para también darle uno a mi padre, el hace como que no le agrada, pero por dentro la aprecia, solo que es algo intensa. —¡Hasta más tarde! Vuelve a tirar la puerta del restaurante con toda fuerza y se va. —¡Carajo, Marion! —grita papá desde la cocina.
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