capítulo 5

1118 Palabras
La sala de entrevistas estaba en completo silencio, salvo por el suave zumbido del aire acondicionado. El reloj marcaba las once en punto, y sin embargo, el tiempo parecía suspendido. Erick Black sostenía el currículum de Belén Ferrer entre las manos, pero hacía varios minutos que no leía. Sus ojos estaban fijos en ella, intentando encontrar en sus facciones una respuesta que no lograba formular con palabras. No sabía por qué, pero algo en esa mujer lo descolocaba. —Entonces, señorita Ferrer —dijo finalmente, con un tono medido, cuidando su expresión—, ¿por qué eligió postular a nuestra firma? Belén lo miró con tranquilidad, como si la pregunta no fuera más que un trámite. Su postura recta, su voz firme, denotaban seguridad, aunque había algo en su mirada que se le escapaba. —Porque es una empresa líder —respondió sin titubear—. Porque no solo marca tendencia, sino que transforma el mercado. Y quiero ser parte de eso. Erick asintió despacio, más por hábito que por convicción. La respuesta era impecable. Perfecta. Demasiado perfecta. Pero lo que lo tenía desconcertado no era su currículum, ni su tono profesional, sino esa sensación persistente de familiaridad. Como si ya la hubiera tenido frente a él antes. Como si su presencia no fuera nueva, sino un eco del pasado. "¿Dónde la había visto?" No era raro que entrevistara a gente brillante, o incluso atractiva. Pero Belén tenía algo distinto. Algo que no podía ignorar. Su forma de sentarse, la leve curva de sus labios al responder, la cadencia de su voz... Todo en ella le resultaba inquietantemente familiar. Pasó una página del portafolio, fingiendo leer. —Veo que tienes experiencia en marketing digital y producción audiovisual —comentó, manteniendo el tono profesional—. Uno de nuestros proyectos podría beneficiarse de ese perfil. ¿Has trabajado con campañas internacionales? —Sí —asintió ella—. En mi anterior empleo coordiné una campaña que se adaptó a cinco idiomas. Trabajé directamente con clientes en Europa, Estados Unidos y América Latina. —Impresionante —dijo él, aunque su tono seguía siendo distante. Algo en su interior luchaba por emerger: un recuerdo, una certeza… una imagen. Belén lo observaba con atención. Aunque su rostro seguía sereno, Erick detectó una tensión sutil en la comisura de sus labios. Ella también lo reconocía, aunque se esforzara por ocultarlo. Y entonces, sin pensarlo, lo preguntó: —¿Nos hemos visto antes? Belén parpadeó, sorprendida por la pregunta. Hubo un segundo de duda, pero luego sonrió, con cortesía. —Creo que me confunde con alguien más. Su voz no tembló. No mentía… o no del todo. Porque, técnicamente, no se habían conocido en un lugar formal. Aquella noche había sido otra historia: luces bajas, un bar atestado de extraños, una conversación que empezó por casualidad y terminó con una despedida demasiado rápida. Y desde entonces, él la había buscado en sueños. Y ahora estaba allí, frente a él, hablando de métricas y estrategias. —Puede ser —murmuró Erick, intentando disimular su desconcierto. Desvió la mirada al currículum, buscando tierra firme, hasta que algo en el papel llamó su atención. —Veo que también escribes... —comentó con un matiz distinto en la voz—. ¿Novelas? —Así es —respondió ella, con una sonrisa más auténtica esta vez—. Tal vez me conozca por alguna entrevista o campaña de promoción. —Podría ser eso… —dijo él, sin demasiada convicción. Había leído mucho en su vida, pero nunca imaginó que una autora lo llevaría al borde del colapso emocional durante una entrevista laboral. Y aún así, ahí estaba. —¿Y qué te impulsa a cambiar de rubro nuevamente? —Sinceramente… las novelas no pagan tan bien como la gente cree —bromeó con naturalidad, arrancándole una risa genuina. Él dejó escapar una carcajada suave, sorprendido por lo fácil que le resultó hacerlo. —Hablando en serio —añadió ella, acomodando un mechón de cabello tras la oreja—, una amiga me habló de esta vacante. Y como estoy pasando por un bloqueo creativo, pensé que un cambio de rutina me vendría bien. Necesito un ingreso estable antes de que mis ahorros se esfumen por completo. Además, creo tener las capacidades necesarias para el puesto. Si me da la oportunidad, estoy segura de que no se va a arrepentir. Erick la miró unos segundos en silencio. Sus palabras no solo eran honestas, sino también valientes. Había escuchado cientos de discursos ensayados, pero el de Belén sonaba real. Verdadero. Cerró la carpeta con calma. —Bien. Recursos Humanos se pondrá en contacto contigo para informarte la decisión. Gracias por venir. Ambos se pusieron de pie al mismo tiempo. Belén tomó su bolso y extendió la mano para despedirse. Erick la estrechó sin pensarlo… y entonces lo vio. Un pequeño tatuaje en su muñeca izquierda: una mariposa. Delicado, casi invisible… pero él no lo olvidaba. Su mirada se ensanchó apenas un segundo, como si de pronto todo encajara. El tatuaje, la voz, esa noche. Era ella. No podía ser una coincidencia. La mujer que había desaparecido sin dejar rastro. La mujer con la que había soñado durante cinco años… estaba allí. —Que tengas buenas tardes —dijo finalmente, con voz controlada. —Igualmente, señor Black —respondió ella, antes de salir de la sala. La puerta se cerró y Erick se dejó caer en la silla como si le hubieran quitado el aire. Su mente giraba sin control. ¿Era posible? ¿Era realmente ella? No podía quedarse con la duda. Se puso de pie con rapidez y salió al pasillo. A lo lejos, alcanzó a ver cómo se cerraban las puertas del ascensor. Corrió, pero fue inútil. Ella ya había descendido. —¡Maldición! —murmuró entre dientes. Fue entonces cuando escuchó una voz conocida a su derecha. —¿Erick? ¿Qué demonios te pasa? Pareces que viste un fantasma. Era Nicolás Black, su hermano menor y vicepresidente de la empresa. Llevaba una carpeta en una mano y una sonrisa traviesa en el rostro. Erick lo miró, respiró hondo por la nariz, y negó con la cabeza mientras trataba de calmar su pulso. —Ven a mi oficina. Te lo cuento todo allí. —¿Tan grave es? —Peor —respondió él, mientras se encaminaba con paso firme hacia su despacho—. Creo que acabo de entrevistar a la mujer que me dejó marcado para siempre... y ni siquiera estoy seguro de si ella lo recuerda. Nicolás lo siguió sin decir nada más. Porque en la voz de su hermano, había algo más fuerte que la sorpresa. Era miedo. Y también esperanza.
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