Incursión El bosque que rodeaba Alcea estaba en silencio, un silencio espeso que solo era interrumpido por el susurro del viento y el crujir ocasional de alguna rama bajo las botas de los soldados. Un grupo de imperiales, vestidos con armaduras gastadas y capuchas para camuflarse en las sombras, se movía sigilosamente por la espesura. El rostro de cada uno mostraba signos de agotamiento y heridas de batalla, pero sus ojos brillaban con determinación. Estos hombres y mujeres eran los últimos en pie, aquellos que se habían negado a rendirse cuando la capital había caído en manos enemigas. Al frente iba Erin, su capitana, una figura de porte firme y resuelto. Su rostro estaba cubierto de polvo y raspones y sus ojos, aunque endurecidos por la guerra, seguían reflejando un fuego inextinguibl

