Capítulo 8: Fantasías

1526 Palabras
Cordelia El beso no fue suave. Fue intenso, desesperado. Ambos nos devoramos como si no hubiera un mañana. Sus manos firmes pero cuidadosas, encontraron mi cintura, y me atrajeron hacia él mientras el agua de la ducha seguía cayendo sobre nosotros. Mis manos, aunque estaban temblando, recorrieron su espalda, dejándole marcas de mis uñas a su paso. Sin apartar sus labios de los míos, subió una mano por mi costado hasta que apretó uno de mis senøs, haciéndome gemir de placer. Metí una mano en sus pantalones, sintiendo su masculinidad que ya había visto antes. Su miembrø estaba duro como un sable y listo para ser usado. Me aferré a él, moviendo mi mano con delicadeza y una necesidad que no podía ocultar. "¡Ay por Dios!" pensé jadeando, mi mano no podía cerrarse a su alrededor, "no sé cómo va a entrar toda... ¡me va a partir en dos!" Él apenas se separó de mí, sus labios rozando los míos mientras gemía una maldición entre dientes. —Déjame hacerte mía... —gimió lamiendo mis labios—. Déjame reclamarte... Mi mente me gritaba que esto era una puta locura, que no debía estar pasando, pero mi cuerpo se negaba a escuchar. —Zeiren… —susurré, y su nombre salió de mis labios como una súplica. Sus ojos se encontraron con los míos, y en ese instante, todo se detuvo. "¡Al diablo todo!" Con mi mano libre lo tomé del cuello y lo besé con desesperación. Su mano abandonó mi senø y bajó por mi abdomen hasta mi entrepierna. Separó mis labios con los dedos, y sin previo aviso metió dos de golpe. Gemí en su boca, él aprovechó para meter su lengua, reclamando la mía con posesividad. Me embistió con sus dedos, tan fuerte y duro que sentí como el deseo se acumulaba en mi vientre, a punto de explotar. Saqué su eje de los pantalones y aceleré los movimientos de mi mano. No duró ni cinco minutos que lo sentí corriéndose con una explosión que su liberación embarró todo mi cuerpo. Me apartó de su miembrø, tomándome ambas muñecas con su mano y aprisionándolas sobre mi cabeza. Seguía arremetiendo una y otra vez, hasta que sentí que toda la acumulación de placer se desbordaba en mi interior, dejando salir mi orgasmø con un grito que desgarró mi garganta. —Cordelia... —jadeo, dejando besos en la comisura de mis labios—. Mi Eloah... —¡Cor! ¿Piensas ahogarte ahí o qué? —la voz estridente de mi amiga me atravesó como un balde de agua helada. Di un salto, mi corazón latiendo con fuerza mientras giraba hacia la puerta de la ducha. —¡¿Qué demonios, Fernanda?! —grité, cubriéndome con las manos. —¡Por favor! No es como si no te hubiera visto desnuda antes —replicó, cruzándose de brazos y mirándome con fastidio—. Pero llevas como media hora ahí adentro. Pensé que te habías desmayado o algo. Mi respiración seguía acelerada, y me tomó un segundo darme cuenta de que estaba sola. Zeiren no estaba allí. "Una ilusión..." Me apoyé contra la pared, cerrando los ojos mientras el calor de lo que había pasado se sentía insoportablemente real. —¿Estás bien? —preguntó mi amiga preocupada. —Sí… sí, estoy bien. Sólo… sal de aquí, ¿quieres? —Está bien, reina del drama, pero apúrate —levantó las manos en señal de rendición—. El zombi sexy está despierto, y creo que se siente solito... Su risa provocadora fue lo último que escuché antes de que me dejara sola con mis propios pensamientos. Cerré el grifo del agua y me envolví en una toalla, tratando de recuperar el aliento. "Una ilusión. Sólo una maldita fantasía." Aunque aún podía sentir los labios de Zeiren en los míos, el fuego que sus manos dejaron en mi piel, con una intensidad que no podía negar. Me quedé mirando mi reflejo, el agua cayendo por mi piel mientras intentaba borrar de mi mente lo que acababa de pasar. "¿Qué demonios está mal contigo, Cordelia?" Presioné mis palmas contra el lavabo, inclinándome hacia adelante y cerrando los ojos con fuerza. "No fue real. Fue un maldito sueño. Nada más." —¡Idiota! —murmuré en voz alta, golpeando el lavabo con un puño. La irritación crecía en mi pecho. ¿Cómo podía siquiera pensar en él de esa forma? Apenas lo conocía. Inhalé y exhalé varias veces, intentando calmarme, pero su voz se había grabado en mi mente... Eloah. Sacudí la cabeza con fuerza, intentando sacudir el sonido de su voz. —Estás perdiendo la cabeza, Cor —murmuré para mí misma. Tomé otra toalla y comencé a secarme el cabello con movimientos rápidos y casi bruscos. El enojo no se iba. —Es un extraño, ¿entiendes? —dije en voz baja—. Un extraño que ni siquiera debería estar aquí. Me escabullí a mi habitación. Tomé la primera camiseta que encontré. Me la puse sin pensar mucho, poniéndome también unas bragas y tirando la toalla a un lado. Me tiré en la cama dejando escapar un suspiro pesado. Hundí la cabeza en la almohada aún con el cabello húmedo pegándose a mi cuello. "Es solo una noche," me dije a mí misma. "Solo una noche, y luego se irá." Me tomé una de esas píldoras para dormir, sintiendo que hacía efecto casi en el momento. Abrí los ojos al sentir una presencia a mi lado. —¿Fer? —pregunté, girando la cabeza para ver quién era. —¡Por supuesto que soy yo! —respondió, acomodándose como si la cama fuera suya—. ¿O esperabas a un hermoso y sexy zombi? —¿Qué quieres? —le murmuré sintiéndome cansada. —Quiero saber por qué no fuiste a hablar con el zombi sexy —dijo, su tono cargado de burla mientras me daba un empujoncito en el hombro. —Amiga, es tarde, estoy cansada y… ¿por qué diablos sigues llamándolo así? Ella levantó las cejas, fingiendo sorpresa. —¿Y cómo quieres que lo llame? ¿Zeiren? Nah, “zombi sexy” tiene más personalidad. Además, estoy segura de que a él no le molesta. —Pero a mí sí —dije, tirándole un manotazo. —¿Por qué será...? —preguntó poniendo en blanco los ojos. Pero enseguida se incorporó en la cama y me observó con los ojos agrandados—. ¿Y por qué estás roja como un tomate? —¿¡Qué!? ¡No estoy así! —protesté, dándole la espalda para evitar su mirada. Fernanda dejó escapar una risita burlona mientras se inclinaba un poco más cerca. —¡Claro que sí! Estás toda roja —chilló señalándome con un dedo acusador—. ¡A menos que...! ¿Tienes fantasías sucias y depravadas con él? —¡Claro que no! —exclamé, dándome la vuelta para mirarla con el ceño fruncido. —Mentirosa —canturreó, dejando caer la cabeza sobre la almohada junto a la mía. La ignoré, cerrando los ojos con fuerza mientras intentaba calmar mi respiración. Pero el calor en mis mejillas no se iba, y Fernanda no me lo iba a dejar pasar tan fácilmente. —A ver, dime, ¿qué pasó? —insistió, girándose hacia mí con esa expresión curiosa que siempre me hacía querer enterrarla en algún lugar. —Nada pasó. —¿De verdad? Porque tu cara dice lo contrario. Le lancé una mirada asesina, pero eso solo pareció animarla más. —Déjame adivinar… ¿te miró con esos ojitos azules y tú te derretiste como una adolescente enamorada? —dijo, poniendo una mano sobre su pecho como si estuviera dramatizando un romance barato. —¡No! —¿Entonces qué? ¿Hubo un accidental “roce de manos”? ¿O…? —Hizo una pausa, alzando las cejas con picardía—. ¿Lo imaginaste entrando a la ducha contigo? Mi cuerpo entero se tensó, y supe que el rubor en mis mejillas ahora era más que evidente. —¡No seas ridícula! —espeté. —Ay, Cor, eres demasiado divertida. Te pones toda seria y malhumorada, pero por dentro estás toda revuelta por un hombre que, admitámoslo, está… —hizo una pausa dramática, levantando ambas manos como si estuviera evaluándolo en su mente—. ¡Buenísimo! —¡Basta ya, Fernanda! Ella se giró hacia mí con una sonrisa satisfecha y me palmeó la cabeza como si fuera una niña pequeña. —Está bien, está bien. Ya me callo. Pero si necesitas consejos sobre cómo lidiar con el zombi sexy, ya sabes dónde encontrarme… Además aprovecha y clavátelo en cada orificio de ese cuerpecito… ya que tú si puedes —concluyó con una leve mueca de tristeza en sus labios. Rodé los ojos, volviendo a enterrarme en la almohada mientras Fernanda se acomodaba a mi lado. —Dulces sueños, Cor —dijo con un tono burlón, pero su voz era más suave ahora. Cerré los ojos. Y, aunque no quería, la imagen de Zeiren no tardó en volver a aparecer.
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