Al día siguiente
Dallas, Fort Worth
Damien Calloway
Cada día me arrastro por las telarañas de esta desolada y triste habitación, llena de recuerdos que gritan su ausencia, pero sus huellas en mi piel siguen ahí, tercas, vivas, abiertas con una herida que sangra. A veces casi puedo oír su voz rozándome los oídos, suave, íntima, como si nunca se hubiera ido. Y sigo evocando su sonrisa. Esa sonrisa que me derretía sin proponérselo, sin promesas, sin esfuerzo.
Su nombre… no lo sé olvidar. Me niego a enterrarla, a clausurarla como si hubiera sido un capítulo más de mi vida. Al contrario, la pienso sin querer. Y cada día que intento avanzar duele…duele como una traición silenciosa, como una perdida que no acepto, que no puedo.
Quizás sea un error vivir anclado al pasado. Lo sé. Pero, aun así, a veces la imagino ahí, de pie bajo el marco de la puerta, con esa lencería que solo usaba para mí y esa mirada que me atrapaba sin defensa posible. Me duele seguir regresando, una y otra vez, a ese día trágico en el que el destino me arrebató a Edith.
Dicen que el tiempo sana las heridas, pero eso no aplica a mí. Sigo soñando despierto con mi difunta esposa. Y, aun así, continué con mi vida. O eso intento. Más por insistencia de mi madre que por voluntad propia.
Isobel Calloway no entiende mi dolor. Ni le interesa entenderlo. Su único propósito siempre ha sido preservar el legado de la familia, la petrolera Calloway Oil, su pasión, su pequeño imperio construido a base de control y decisiones frías. Si pudiera, me escaparía a una isla desierta sin dudarlo. Sin apellido. Sin compromisos. Sin este peso constante sobre los hombros de ser su heredero.
Sin embargo, debo admitir que el trabajo mantiene mi mente ocupada. Paso más tiempo supervisando los pozos petroleros a lo largo del país que en la oficina central. Prefiero el cansancio físico que adormece mi dolor, ese que me salva cuando quiero gritar su nombre.
Pero entonces surgen los malditos eventos de la empresa. Los detesto. No sirvo para charlas de negocios ni para sonrisas educadas frente a desconocidos con trajes caros. Prefiero mil veces meter las manos en un pozo petrolero, estar cubierto de aceite, sentir el calor abrasarme la piel, antes que lidiar con esos snobs hipócritas que brindan por cifras que nunca ensuciaron sus manos para conseguir.
Y hoy, como cada día, recorro el campo. El calor cae a plomo, el aceite se mete en los pulmones y se queda ahí, espeso, sofocante. Me gusta. Me mantiene despierto. Me obliga a respirar. Aquí el cansancio es físico, no emocional, y eso es un alivio.
El geólogo habla sin parar a mi lado.
—Damien, las máquinas están listas para trabajar, pero necesitamos los permisos para empezar. De lo contrario, tendré a los obreros paralizados.
Resoplo. Me limpio el sudor de la frente con el dorso de la mano.
—¿Cuándo esto se convirtió en una conferencia de negocios? —replico, sin frenar el paso—. No me traigas problemas, Gordon. Háblalo con mi madre.
Él se detiene, frustrado.
—Por favor, eres un Calloway. Ayúdame. No quiero otro discurso motivador ni que Isobel me llame incompetente por no darle soluciones rápidas.
Aprieto la mandíbula. Siempre Isobel. Siempre su sombra marcando el ritmo de todo.
—Habla con Jennings —digo—. Que agilice los permisos. Véndele las ventajas de colaborar.
Gordon duda un segundo y luego asiente.
—Tal vez tenga mérito la idea.
—Es brillante… —murmuro, sin entusiasmo.
El celular vibra en mi bolsillo. Insistente. Incómodo. Como si supiera que no quiero responder.
—De nuevo el celular —dice Gordon—. Contesta. Sé maduro y responsable.
Responsable. La palabra se me clava. Nunca fui lo suficientemente responsable para salvar lo que de verdad importaba. Para llegar a tiempo. Para cambiar el destino. Para evitar que Edith muriera.
Me aparto unos pasos, lejos del ruido de las máquinas. El aire quema al entrar en los pulmones. Respiro hondo antes de responder.
—Buenos días, mamá —suelto, cargando la ironía—. ¿Cuál es la emergencia? ¿Quién se murió ahora?
—Damien, ahórrame el sarcasmo —responde—. Hoy no tengo paciencia para tus rabietas.
Cierro los ojos un segundo. Su tono no ha cambiado en años: frío, cortante, definitivo. No pregunta. Dicta.
—Lo siento, madre —digo—. No logré convertirme en el hombre que deseas. Este es el que hay.
Del otro lado cae un silencio breve. Medido. Peligroso.
—Eres un Calloway —dice al fin—. Y debes comportarte a la altura. El drama déjaselo a la clase obrera.
Aprieto el teléfono hasta que los nudillos me duelen.
—No cuentes conmigo —respondo—. No pienso asistir a otro de tus eventos.
—No te lo estoy pidiendo, Damien.
La pausa es mínima. Calculada.
—Es una orden. Te espero a las 21:00 p.m., con esmoquin, en la gala benéfica de la empresa. No llegues tarde.
—Madre…
La llamada se corta.
Miro la pantalla apagada. Isobel Calloway nunca llama por cortesía. Y jamás da órdenes sin una razón. Aun así, algo se instala en mi pecho. Una corazonada incómoda. Esta gala no será como las demás.
Texas
Horas más tarde
El moño del traje me aprieta el cuello… o tal vez sea el ambiente. El glamour y lujo desbordante, las risas ensayadas que se mezclan con la música, como un eco constante de sonrisas fingidas y apretones de manos educados. Hombres y mujeres enfundados en trajes impecables gritando poder.
Y sobrevivo al mal rato con un vaso de whisky entre los dedos. Mi rostro debe delatar el cansancio, pero nadie parece notarlo, entonces me abro paso entre los invitados, decidido a buscar aire fresco en el jardín del salón, cuando algo me detiene o, mejor dicho, una mujer de espaldas.
Un vestido escarlata cae sobre su cuerpo con una elegancia que me resulta dolorosamente familiar. Su postura. El movimiento sutil de sus manos al hablar. El modo en que inclina la cabeza. Su cabello rubio recogido apenas, dejando libres algunos mechones. Y entonces… el perfume.
Ese maldito perfume me aprieta el pecho. Todo se suspende y ella me arrastra de golpe al pasado, a Edith.
Sin darme cuenta, mis pies me arrastran hacía la mujer. Aclaro la garganta, interrumpiendo su charla con Ed Harris, uno de los ejecutivos.
—Ed, ¿me presentas a la señorita? —indico, con una voz que apenas reconozco como mía.
Y entonces sucede, la mujer se gira.
El tiempo se detiene. Parpadeo varias veces incrédulo ante la escena que se dibuja frente a mí. ¿No puede ser Edith? ¿no es ella o sí?
Son los mismos ojos verdes. El mismo rostro delicado, casi irreal. La sonrisa afable que me desarmó una vez. El mismo brillo en la mirada. El mismo cabello rubio. Todo en ella es Edith.
Trago saliva. El corazón retumba con la fuerza de un motor. Un nudo asoma en la garganta, las piernas me tiemblan, débiles, como si en cualquier momento fueran a ceder y falta poquito para desmayarme de la impresión.
—Por supuesto, Damien. La señorita es Elena Vaughn, representante de Sterling Global. El señor es hijo de Isobel Calloway —dice Ed con cordialidad, ajeno al terremoto que me atraviesa.
—Mucho gusto, señor Calloway —responde ella.
Edith. No. Elena.
Es su voz la misma, pero ahora es suave, educada, sin emoción. Me dedica una sonrisa amable, correcta. La de alguien que no me conoce. Como si nunca hubiéramos compartido nada. Como si no me hubiera amado. Como si no hubiera muerto.
Y duele cada palabra que sale de su boca. Está viva y yo soy un extraño para ella.