Error de cálculo.

1826 Palabras
[POV Sofía] Camino por la acera ancha que desemboca frente al edificio donde será mi entrevista. Llevo días enviando currículums al vacío, buscando una grieta por donde colarme de nuevo en el mundo laboral. Lamentablemente, una laguna de veinte años bajo el título de "ama de casa" parece ser un agujero n***o en mi hoja de vida. Siento que los reclutadores leen "incompetente" o "desactualizada" antes de siquiera conocerme. Pero la realidad es otra. Tengo el título. Soy economista. Aunque no fiché en una oficina corporativa, yo fui la directora financiera de mi hogar y, lo que nadie sabe, la estratega detrás del éxito inicial de David. Cuando él era solo un arquitecto novato con más sueños que capital, yo manejaba los números. Yo hacía que el dinero rindiera. Esa es mi área. Entiendo que hoy no puedo exigir un puesto directivo. El ego se quedó en la mansión Jefferson. Hoy puedo ser asistente, recepcionista o capturista. ¡No importa! Lo que necesito es trabajar. Primero, por la supervivencia económica. Y segundo, y más importante, porque necesito romper el cascarón. Me detengo frente al imponente edificio de cristal y acero, sintiéndome pequeña por un segundo. Tomo un par de respiraciones profundas, llenando mis pulmones de aire frío. Miro mi reflejo en un escaparate: llevo un traje sastre color arena —clásico, atemporal— con una blusa de satén verde esmeralda. Es mi color favorito, el color de la vida, y hoy lo uso como amuleto. Zapatillas de punta nude, cabello alisado cayendo sobre un hombro y un maquillaje discreto que suaviza las huellas que el llanto y los años han dejado en mi rostro. Miro hacia abajo y aliso unas imperceptibles arrugas en mi falda con las palmas de las manos sudorosas. «Estoy lista». Estoy aterrorizada, sí. Pero estoy lista. ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que me digan que no? Ya he perdido cosas más importantes. Entro a la recepción. El aire acondicionado está fuerte y huele a éxito corporativo. Una chica morena preciosa, de unos veintitantos años, me sonríe desde el mostrador inmaculado. —Bienvenida a Blackwood Corp. ¿En qué le puedo servir? —pregunta con una amabilidad ensayada, rematando con una sonrisa perfecta que deja ver una hilera de dientes blanquísimos. —Buenos días. Vengo a una entrevista. Mi nombre es Sofía Campbell —respondo, devolviéndole el gesto con toda la dignidad que puedo reunir. —Entiendo. Deme un momento, por favor —teclea rápido en su computadora y luego levanta la mirada—. ¡Listo! Ya la encontré. Su entrevista será con el área de Recursos Humanos. Siga por ese pasillo hasta el fondo; encontrará los elevadores. Es el piso dieciocho. Asiento en agradecimiento. Giro sobre mis talones y el sonido rítmico de mis tacones contra el mármol blanco resuena como un reloj en cuenta regresiva. Entro al ascensor rodeada de ejecutivos que revisan sus celulares sin mirarse entre sí. Marco el dieciocho y siento cómo el estómago se me sube a la garganta cuando la caja metálica asciende. Las puertas se abren en un piso bañado de luz natural gracias a unos ventanales enormes que van del suelo al techo. Hay macetas con plantas exóticas adornando las esquinas y unos sofás de piel color marfil amplios, donde varias personas esperan en silencio, cada una inmersa en su propia ansiedad. Me siento en uno de los sofás, cruzo las piernas y coloco mi carpeta sobre las rodillas. Respiro. La mujer de Recursos Humanos, una señora de gafas gruesas y labios apretados, cierra mi carpeta con un suspiro que suena a sentencia. ​—Mire, señora Campbell... —dice, arrastrando las vocales con condescendencia—. Su título de economista es muy bonito, sí. Pero es de hace veinte años. El mundo financiero ha cambiado. Los softwares han cambiado. Usted ha estado... bueno, inactiva. ​Siento el calor subirme a las mejillas. "Inactiva". Criar un hijo, administrar un patrimonio, organizar eventos y gestionar las inversiones personales de un arquitecto exitoso no cuenta como "actividad" para ella. ​—Entiendo que haya una brecha —digo, tratando de mantener la compostura—, pero aprendo rápido y... ​—Para el puesto de Asistente Contable necesitamos a alguien fresco, actualizado —me corta, sin mirarme a los ojos—. Lo que puedo ofrecerle, si le interesa entrar a la empresa, es una vacante de capturista de datos. Es sencillo: pasar números de papel a la computadora. Nada de análisis. ​Capturista. Básicamente, ser un robot tecleador. Mi orgullo quiere levantarse e irse, pero mi cuenta bancaria me obliga a quedarme sentada. ​—De acuerdo —murmuro, tragándome la dignidad. ​—Bien. Espere aquí un momento. Voy por los exámenes psicométricos para ese perfil. No toque nada. ​La mujer sale de la sala de juntas de cristal, dejándome sola con mi frustración. Me quedo mirando la mesa de caoba inmensa, sintiéndome ridícula en mi traje sastre color arena. ​De repente, la puerta se abre de nuevo. No es la reclutadora. ​Entran dos hombres discutiendo. O más bien, uno habla y el otro escucha. El primero es un hombre mayor, canoso, impecable pero con una vibra agresiva que llena el espacio. El segundo es mucho más joven, alto, con un porte que grita autoridad, aunque en este momento parece cansado. ​Me encojo un poco en mi silla, esperando volverme invisible. Ellos ni siquiera notan mi presencia; están demasiado inmersos en su batalla. ​—Es una oportunidad única hijo—insiste el hombre mayor, arrojando una carpeta sobre la mesa, peligrosamente cerca de mí—. El proyecto de la Torre Sur garantiza un retorno de inversión con un crecimiento del 10% anual compuesto. Es dinero gratis. ​Al escuchar eso, mi cerebro de economista hace un cortocircuito. ​—Pfff —el sonido sale de mi boca antes de que pueda detenerlo. Es una risa corta, incrédula, cargada de sarcasmo involuntario. ​—¿Disculpe? — dice el hombre cano con los ojos inyectados de asombro e ira. Siento el peso de la mirada de ambos, carraspeo dándome tiempo a aclarar mis ideas y continúo, sintiendo cómo mi boca se mueve más rápido que mi prudencia—. ¿Un 10% de crecimiento anual compuesto en bienes raíces comerciales? ​Los dos hombres miran hacia mí. El mayor con una furia evidente; el joven con una calma indescifrable y eso me hace centrar mi mirada en el hombre mayor que me quiere fulminar con la mirada. ​—Con la inflación actual rozando el 7% y la saturación del mercado de oficinas post-pandemia... —continúo, ya sin poder frenar mi análisis— proyectar un 10% neto es, siendo generosos, una fantasía. Siendo realistas, es un error de cálculo básico. O una estafa. ​El silencio que sigue es espeso, casi se puede masticar. ​—¿Y tú quién demonios eres? —escupe el hombre mayor, dando un paso hacia mí como si quisiera intimidarme—. ¿Quién te dejó entrar a escuchar conversaciones privadas? ¡Lárgate ahora mismo! ​Me pongo de pie, aferrandome a mi bolsa. El corazón me late a mil, pero mi dignidad me impide salir corriendo. ​—Soy Sofía Campbell —respondo, sosteniéndole la mirada al hombre canoso—. Y estoy esperando una entrevista. Pero no se preocupe, si este es el nivel de educación de la empresa, no me interesa el puesto. ​Me giro para irme, dispuesta a perder la oportunidad antes que el orgullo. ​El joven, no dice una sola palabra. Me mira. Es un escrutinio rápido, clínico, como si estuviera leyendo un balance general en mi cara. No hay sonrisa, no hay saludo. Solo una intensidad que me eriza la piel, y no le presto atención, por qué ya suficiente con las groserías del hombre mayor como para sentirme bicho debajo de microscopio. ​Sigo sintiendo su mirada escrutandome, pero yo giro el rostro para evadirlos, cierra la carpeta que estaba sobre la mesa con un golpe seco. ​—Vámonos, Aston —dice el joven. Su voz es grave, fría. ​—Esta mujer es una insolente... —protesta el mayor, siguiéndolo hacia la puerta de cristal. ​Justo cuando están por cruzar el umbral, el joven se detiene y se gira hacia su acompañante. Habla bajo, pero la acústica de la sala hace que su voz me llegue clara y nítida. ​—Esa "insolente" acaba de auditar tu proyecto estrella en cinco segundos y gratis, tío. —Su tono es bajo pero cortante, definitivo—. Revisa esos números. Si encuentro ese error otra vez, cancelo todo el financiamiento. ​Me quedo helada en mi sitio. ¿Financiamiento? ¿Tío? ​En ese preciso instante, la puerta se abre de nuevo y entra la reclutadora, la mujer de gafas gruesas, cargando un altero de hojas. Casi choca con los dos hombres. ​—¡Oh! Señores Blackwood... disculpen —se pone pálida la mujer, haciéndose a un lado nerviosa—. Solo venía a aplicarle los exámenes psicométricos de captura a la candidata... Entonces algo hace click en mi cerebro y casi como grabadora escucho a la recepcionista decirme «...bienvenida al Blackwood Corp...» ¡Mierda! Es el dueño y su hijo. ​El joven, ni siquiera me voltea a ver. Se dirige exclusivamente a la mujer de Recursos Humanos con una autoridad absoluta. ​—Ahórrese el papel, señora Lewis—dice él, ajustándose los gemelos de su saco—. No le haga perder el tiempo con pruebas de mecanografía. ​—¿Perdón, señor? —balbucea ella, confundida. ​—La señora Campbell está contratada —sentencia él, y por un microsegundo, sus ojos color miel se cruzan con los míos por encima del hombro de la mujer. Es una mirada indescifrable, ni amable ni hostil, simplemente poderosa—. Póngala de asistente en el área de Finanzas. Que empiece hoy mismo. ​Sin esperar respuesta, sale de la sala caminando con zancadas largas, dejando una estela de loción cara y silencio. ​El hombre mayor me fulmina con la mirada una última vez antes de salir tras él, portando el rostro rojo de ira. ​Me quedo sola con la reclutadora. Ella me mira con la boca abierta, luego mira la puerta vacía, y finalmente vuelve a mirarme a mí, como si de repente me hubiera salido una corona en la cabeza. ​—Bueno... —carraspea, visiblemente descolocada, y su tono de voz cambia radicalmente a uno mucho más respetuoso—. Parece que sus exámenes no serán necesarios, señora Campbell. Acompáñeme a firmar su contrato. ​Suelto el aire que no sabía que estaba conteniendo. Mis piernas tiemblan un poco, pero sonrío. Sin entender cómo ese jovencito puede ser el CEO y mover a su antojo a todos aquí. ​—Con gusto— contesto sin dejar ver la euforia que siento.
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