Esa primera vez (Fabio)

1173 Palabras
Fabio Y contigo aprendí Que yo nací el día en que te conocí Aprendí Que puede un beso ser más dulce y más profundo Que puedo irme mañana mismo de este mundo Las cosas buenas, ya contigo las viví. Contigo Aprendí, Armando Manzanero Buenos Aires, mayo 2007  La primera vez que la tuve entre mis brazos, supe que algo había cambiado dentro de mí. Tal vez en ese momento no pude precisar exactamente qué fue, pero Lucía me provocaba mucho más que lujuria, aunque aún no pudiera expresarlo. Había quedado en salir con Juan y su nueva novia, con quien llevaba saliendo un mes. Jessica parecía una buena chica, y mi amigo estaba loco por ella. Me habían dicho que me iban a presentar a la compañera de piso de Jessica. No tenía ganas de ir, pero como siempre, le debía muchos favores a Juan, y no me quedó otra opción que decir que sí a su invitación. Aunque en el fondo tuviera cero expectativas al respecto, lo cual no me afectaba porque íbamos a ir a tomar algo, con lo cual si la amiga era una pesada me iría por ahí y listo. Odio las sorpresas, razón por la cual estuve toda la semana tratando de averiguar quién era mi cita para el viernes. Y esa misma tarde había conseguido esa información. Mi sorpresa fue muy grande cuando mi amigo me enseñó una foto de Jessica y su amiga. La tan preciada amiga, no era otra que Lucia Conti, mi compañera de la facultad, que me traía loco hacía un tiempo. Lucía era una mujer preciosa. Parecía una miniatura, tan solo me llegaba al pecho, y si bien por momentos me provocaba ganas de levantarla entre mis brazos y empotrarla contra una pared, también despertaba en mí un instinto protector que nunca había sentido. Desde que nos habíamos conocido en el patio de la universidad, nos habíamos vuelto algo así como amigos, aunque sinceramente eso no estaba en mi lista de prioridades. Pero al pasar los días, había descubierto que Lucía, además de estar buenísima, era una chica divertida, muy inteligente, que se terminó convirtiendo en una parte muy importante de mi día a día, haciendo que disfrutara con hacerla reír, y todo eso me daba miedo. Una tarde estábamos en la biblioteca estudiando y una llamada telefónica la alteró. Allí me contó que en su pueblo había dejado un novio, al cual ya le había aclarado que la cosa no iba más, pero que el muchacho insistía en venir a verla. Ella no quería. Habían sido amigos desde pequeños y a los 16 años habían terminado de novios, pero ella siempre supo que quería otra vida. Y que, si bien su relación había durado varios años, no lo extrañaba para nada. Al contrario, se sentía libre por primera vez en su vida. Yo le conté que había estado casado con mi novia de la secundaria, y que ese había sido un error que no volvería a cometer nunca. Cada día que pasaba con ella la idea de que Lucía era una mujer por la que valía la pena jugársela ocupaba más espacio en mi mente, por eso supe que era hora de ponerle freno a esos pensamientos y volver a ser el Fabio en que me había convertido los últimos años. El que pasaba de todo, el que no recordaba teléfonos ni nombres, el que tenía sexo por deporte. Y Lucia no era una mujer para eso, por tal motivo cuando mi amigo Juan me propuso salir con la amiga de la novia, no lo dude. Eso serviría para sacarme a Lucía de la cabeza. Pero el destino o el diablo, que se yo quién estaba detrás de ese teatro, intervino y mis planes se trastocaron para siempre. Juan conocía mi historia, y había empezado a sospechar que algo diferente me estaba pasando con mi compañera de clase, por eso había insistido en presentarme a la amiga de su novia, para que despejara el horizonte. Aunque cuando empecé a insistir con que quería saber cómo era la chica con la que iba a salir mi amigo, me aseguró que era ideal para mí, sobre todo porque estaba en plan de no tener novio, solo quería salir para divertirse. Pero insistí tanto, que Juan me enseñó una foto y ahí fue cuando supe que mi cita y la chica que me traía loco eran la misma, y decidí no contarle nada. Debo confesar que puse mucho esmero para prepararme para esa noche. Y que sabiendo a donde estaba yendo, me propuse jugar un poquito con Lucía. Nos habíamos estado mensajeando esa tarde. Le pregunté si iba a salir con nuestros compañeros de clase, y ella me contó que tenía una cita y ahí empecé a picarla con ese tema, y le conté que yo también saldría con alguien y cuáles eran mis intenciones. Su manera de responder me demostró que estaba celosa, tanto como lo hubiera estado yo si no supiera que iba a salir conmigo, y hubiera tenido el coraje de demostrárselo. Ya les dije, por esa época era un imbécil, que creía que podía controlar lo que mi corazón sentía. Seguiría siéndolo por un tiempo. Viéndolo desde ahora por muchísimo tiempo, porque cuando realmente estuve preparado para admitir lo que sentía por Lucía, era tarde porque ella ya estaba con otro. Al llegar a su departamento vi cómo se le iluminaban los ojos cuando vio que yo era su cita de viernes, y sentí que podría comerme el mundo si esa mujer me volvía a mirar así. Nuestros amigos desaparecieron y nos dejaron solos, cuando comprobaron que nos conocíamos, y Lucía y yo terminamos enrollándonos en el sillón. Era perfecta, superaba todas mis fantasías y me hacía desear un mundo a su lado, un mundo al que no me podía permitir aspirar. Tenía que hablar con ella y expresarle mis condiciones. Dudaba que las aceptara, pero de todos modos iba a hacerlo. Pero mis planes se fueron al carajo, cuando una Lucia completamente desatada estuvo toda la noche bailando pegada mí, poniéndome duro como si fuera un adolescente. Y terminamos teniendo sexo en el privado del pub y más tarde en su departamento, hasta que nos quedamos dormidos, con su cara apoyada contra mi pecho y su cuerpo apretado contra mí. No recordaba cuándo había sido la última vez que había dormido con una mujer, supuse que había sido con mi ex, antes de que explotara todo por los aires. Pero Lucía se sentía diferente, tanto que me quedé mirándola dormir una hora. Su cabello oscuro, cayendo por su espalda, esa boca que no me cansaría de besar, su naricita respingona que se arrugaba cuando se enojaba y cuando se reía. La besé en la frente, y nos tapé disfrutando de ese momento, aunque sea por un ratito porque en mis planes no estaba enamorarme, y esa noche supe que ese riesgo era más que real a su lado. Y que, si no ponía un freno a tiempo, estaría perdido.
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