Paseando por Roma

2330 Palabras
Lucía There'll be no new romance for me. It's foolish to start For that old feelin' is still in my heart That old feeling, Chet Baker (No habrá nuevo romance para mí. Es una tontería empezar Porque ese viejo sentimiento todavía está en mi corazón) Roma, mayo 2022 Abandoné el edificio de la conferencia, como si a mi alma la llevara el diablo. Me temblaban las rodillas. Acababa de rechazar la oferta de Fabio de un viaje en auto por la Toscana. Un sueño que habíamos planeado durante meses y que finalmente nunca se produjo. Hubo un momento de mi vida en que no esa propuesta hubiera bastado para que dejara todo a un lado y saliera corriendo con él. Madurar se trataba de eso. ¿No? de anteponer las responsabilidades al placer o al menos eso es lo que me habían hecho creer, pero tan real no debía ser porque en lugar de sentirme plena y realizada, una sensación de angustia me atravesaba. No es que mereciera un premio por haberme negado, pero si no tuviera un corazón tan traicionero no hubiera dudado un minuto en aceptar su invitación. Es más, habría saltado sobre él y lo habría besado hasta olvidar donde estaba. Volver a hablar con él me hacía sentir emociones que había enterrado hace muchos años, revivir recuerdos que creía olvidados. No podía permitirme volver a caer. No podría soportar una vez más separarme de él, por más que mi piel pidiese a gritos que lo dejara entrar en mi vida, una vez más. Fabio siempre había sido mi debilidad, no importaba el momento de nuestras vidas ni la circunstancias en que se produjera ese encuentro, la cosa es que terminamos enredándonos una y otra vez. La última había sido hacía cinco años, después del nacimiento de nuestro ahijado, pero no quería pensar en eso. No en ese momento, ahora solamente quería disfrutar de caminar y perderme por las callecitas de Roma mientras trataba de conseguir alojamiento. Andando llegué a un hotel pequeño pero muy lindo, sobre la Vía Borgonona, a metros de la Fontana de Trevi. Entre casi sin esperanzas para averiguar por una habitación y la suerte estuvo de mi lado. Hice las gestiones pertinentes y me enviaron mis pocas posesiones a este nuevo hotel. Sé que era una cobarde, pero no quería volver a cruzarlo ese día. Decidí alejarme del lugar y caminar por la orilla del Tíber yendo hacia el Trastevere para almorzar algo. Me coloqué los auriculares y una de mis listas preparadas para Roma comenzó a sonar. Sinatra, Dean Martin, viejas canciones de los 80 en italiano, invadiendo mis sentidos me acompañaban mientras me alejaba del lugar contemplando los edificios Turistas y residentes, sentados en los cafés, viviendo la dolce farniente. Roma siempre eterna, era esa ciudad congelada en el tiempo, en la cual conviven lo moderno y lo antiguo, sin que uno opaque al otro. Crucé el puente Sublicio y llegué a la Porta Portese, y me perdí entre las callecitas sin pensar en nada. Siempre había disfrutado perderme en esa ciudad, y llegar a lugares inolvidables. Hacía muchos años que había pensado en volver, pero esa ciudad estaba atada al recuerdo de lo que habíamos sido, y por tal motivo la había descartado, junto con mi otra ciudad favorita: Florencia. En los últimos años con Andrés habíamos volado muchas veces a Europa, Londres, Madrid, París, hasta habíamos visitado Praga, pero jamás quise poner un pie en Italia, pese a su insistencia. Italia, era mía y de Fabio. Allí habíamos llegado juntos para terminar nuestra formación profesional de la mano de nuestro amado Mateo. Y nos habíamos, o, mejor dicho, me había hecho ilusiones de que por fin había podido atravesar esa coraza que rodeaba su corazón y que podíamos tener un futuro en común. Esos meses habían sido algo sacado de una novela. Despertar por las mañanas, hacer el amor con los rayos de sol iluminando nuestra cama frente a la ventana, desayunar y salir corriendo porque se nos había hecho tarde amándonos en la ducha. Llegar a la universidad, por las tardes encerrarnos a trabajar en nuestro proyecto y luego salir a disfrutar de Roma. Dejándonos la piel en cada beso, cada caricia, cada abrazo, como si supiéramos en el fondo que era algo que no iba a durar para siempre. Tal vez vivir juntos había sido un error, pero ambos pensamos que podríamos sobrellevar la situación. No quería recordar esos días. Me hacía daño, todos estos años había estado añorando esa vida. Andrés jamás había tenido chances, por más que lo intente, pero una no se enamora a demanda. Y Fabio además de mi amante, había sido mi amigo, mi compañero de aventuras, mi complemento. El que adivinaba lo que estaba pensando tan solo con una mirada. El que entendía mis silencios. También había sido el que a pesar de ser todo eso, había salido corriendo y había roto mi corazón en tantos pedazos que aún estaba tratando de volver a armarlo. Una trattoria llamó mi atención con sus manteles a cuadros blancos y rojos, y sus buganvillas llenas de flores rojas, típica imagen de ese barr79 romano. Me detuve, miré el cartel que pendía sobre la puerta del local: Giusseppe's. ¡Cómo no!, todos los caminos conducen a Roma, y yo acababa de pararme frente al que alguna vez consideramos nuestro lugar favorito para comer. No había nadie que me conociera en ese lugar, salvo Fabio, que debía estar en el almuerzo con los colegas a esa hora. Suspiré y me dije a la mierda, quiero disfrutar esto, por lo que decidí sentarme allí para comer algo. Saludé al camarieri, pedí un aperol spritz y un antipasti de entrada, y un rissoto de trufas con un vaso de vino para mi sola, sin ningún tipo de culpa. Estaba disfrutando de mi bebida, cuando mi móvil sonó, un número desconocido, pero con característica italiana. Respondí rápidamente. —¿Pronto, qui parla? —¿Lucía? Soy Teresa—hizo una pausa—Teresa Materazzi. —Teresa! ¿Come stai? Tanto tiempo—. Esa mujer era la esposa de mi mentor, a la cual adoraba como a una madre. Fabio y yo éramos los hijos que ellos no tuvieron, según sus propias palabras. —Bene, bene. Quería invitarte a nuestra villa en Florencia este fin de semana. Mateo tiene muchas ganas de verte. Y yo también por supuesto, ragazza. —Ay Tere. Yo también quiero verlos, no sabes cuánto los extraño. Mañana mismo saco el pasaje para el tren. —Pero hija. Vení con Fabio en el auto, llegarán mucho más rápido. —No Tere, prefiero tomar el tren. No estamos en los mejores términos. —Hija, no seas cabeza dura. Ya es hora de que dejen de lado la tozudez. Ninguno de los dos se hace más joven y aún siguen solos, esperándose...hacelo por estos dos viejos que los adoran. —Teresa, como sabes manipularme—. Reí ante su silencio. —Cara mía, es todo un arte. Te quiero mucho, te veo el sábado. No traigas nada que te conozco. Ciao. Corté la llamada, y me quedé mirando al río, pensando en las palabras de mi vieja amiga. Mateo había sido nuestro profesor en tercer año, y fue el que ante nuestro proyecto final de Historia del arte romano nos había propuesto terminar la carrera en la Universidad Nacionale Romana y llevar adelante la investigación en el lugar ideal para hacerlo. Fabio era hijo de italianos, por lo cual no tuvo problemas para conseguir los permisos. A mí me ayudó Teresa Miglieri, la esposa y asistente de Mateo. Así que hacía allá fuimos rumbo a una ciudad que nos acogió como una segunda casa. El camarero se acercó para ver si quería postre. Sin dudar un segundo, pedí un tiramisú con una copa de prosecco. Estaba un poco achispada, debo reconocerlo, cuando la silla enfrente de mí se movió y Fabio se sentó como si lo hubiera conjurado con mis recuerdos, mientras le hacía señas al camarero pidiendo un café. El alcohol había empezado a aplacar mis nervios y le sonreí como si lo hubiera estado esperando. Estaba tan sexy, los años solo habían mejorado lo que veía y estaba jodidamente guapo. Tomó la cuchara que había dejado sobre el plato, cortó una porción del postre, se lo llevó a la boca, y lo comió, degustándolo. —Mmmm deliciosa—. Chupó la cuchara de ambos lados con su lengua, sin dejar de mirarme a los ojos. Sentí que la boca se me secaba, y otras partes de mi cuerpo se humedecían más de lo debido, por lo que me removí incomoda. —Delicioso —. Remarqué. —Es el tiramisú. — No estaba hablando del postre, Lucía. —¿Qué haces acá Ferrari? ¿Se te perdió algo? —Vine porque sabía que te iba a encontrar acá. Me llamó Teresa, me dijo que habló con vos. —Sí, me invitó a la villa. —A mi también. Mateo no está bien sabes. Su enfermedad está muy avanzada por eso me pidió que lo reemplace esta semana. Por eso quería pedirte algo. — ¿Qué me querés pedir? cosas raras no por favor —Quiero pedirte una tregua al menos por estos días. No podemos ir allí y pelearnos todo el tiempo. Tratemos de ser amigos, por unos días, aunque más no sea. Sabía que era una oferta del diablo, pero estaba dispuesta a aceptarla, aunque supiera las consecuencias que iba a tener. Nunca había dejado de amar a ese hombre, aunque había tenido otras parejas, siempre terminaba llegando un momento en el que me daba cuenta que no estaba realmente enamorada, porque mi corazón lo había entregado hacía años a alguien que lo había rechazado. —Ok. Pero solo lo hago por Mateo y Teresa. Que no sé por qué te quieren tanto. —Será porque soy adorable. —Siempre tan humilde Fabio Ferrari. Genio y figura—- Solté una carcajada. Hacía mucho no me sentía así de feliz, con el Tíber de fondo y él como compañía. —¿Y qué es de tu vida? ¿Seguís en pareja? con... ¿Cómo se llamaba? Andres? —Ya no, me separé hace un año. —¿Seguís dando clases? —Si, en escuelas secundarias y en una universidad. Miró su reloj, y pidió la cuenta. —bueno signorina, este lugar ya está por cerrar. Intenté pagar lo que había comido, pero no me dejó. Comenzamos a andar por las callecitas de Roma sin prestar atención, llegamos a la Fontana de Trevi y como no podía ser de otra manera nos metimos entre los cientos de turistas para tirar una moneda y pedir un deseo. —Que pediste? —. Quiso saber —No te voy a decir, porque si no, no se cumple. (Había pedido poder volver a casa con el corazón intacto después de verme obligada a pasar el fin de semana con él). —Andiamo? — señaló el camino delante de mí. El sonido de su voz reverberó en cada centímetro de mi piel. Su voz siempre me había resultado hipnótica, y escucharlo hablar en italiano lo volvía aún más irresistible. Su perfume, terroso y amanerado, me envolvía de una manera que me sentía como si estuviera caminando en el aire. Ese viejo y conocido aroma, me era una invitación a dejarme llevar, a seguirlo sin pensar en nada más. Empezamos a andar sin rumbo, mientras conversábamos de cosas sin sentido, disfrutando de esta maravillosa ciudad. Cuando llegamos a Piazza España me invitó un helado. Conocía mi debilidad por ese manjar, sobre todo en verano. Y una vez más terminamos sentados en las escalinatas, comiendo helado de pistacho. Me contó de sus últimos trabajos académicos, yo le hablé de los míos y casi como si fuéramos dos viejos amigos encontrándonos después de mucho tiempo, se nos fue la tarde. A esa hora siempre había artistas callejeros haciendo sus espectáculos, pero uno de ellos empezó a cantar una vieja canción italiana, que le daba a ese momento un aura romántica como si estuviéramos en una película o en su sueño. El artista cantaba "La felicità è cantare a due voci/ Quanto mi piaci la felicità, felicità/ Senti nell'aria c'è già/ La nostra canzone d'amore che va Come un pensiero che sa di felicità/ Senti nell'aria c'è già/Un raggio di sole più caldo che va/Come un sorriso che sa di felicità" (N de A: Felicitá de Romina y Albano) Y yo en lo único en que podía pensar era en que me moría por volver a besarlo, sin pensar en ningún tipo de consecuencias, sin pensar en mañana. En tener el poder de detener el tiempo y quedarnos congelados para siempre en esa mirada en la que nos estábamos diciendo tantas cosas que no podíamos poner en palabras. Fabio no dejaba de mirarme la boca mientras yo hablaba, y eso despertaba a las mariposas que llevaban años dormidas en mi interior. —¿Qué pasa? — dije acomodándome el cabello detrás de la oreja. — ¿Qué pasa con qué? —. — me estás mirando raro—. — Estás preciosa—. Susurró acercándose a mí, buscando mi mirada con sus ojos y con su pulgar acarició la comisura de mis labios. Su voz sensual, me hizo estremecer. ¿Quería que me bese? Ese solo pensamiento me ponía nerviosa, y ese momento no era el indicado para pensar con claridad. Decidí ignorar sus palabras y me puse de pie precipitadamente. —¿Qué vas a hacer esta noche? ¿Cenamos juntos? — propuso poniéndose de pie delante de mí. — no te olvides que firmamos una tregua. — sonrió de costado, enseñándome el hoyuelo. —Bueno, decime dónde nos encontramos y a qué hora. —Mejor dame la dirección de tu hotel y paso a buscarte. ----- Espero les haya gustado este capítulo. Dejenme sus comentarios! Gracias por leerme. Saludos Marina
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR