Esa primera vez

1516 Palabras
Lucía ¿Qué hago si no aguanto el sentimiento ¿De contarle a todos mis secretos? Que siempre fantaseo con perdernos el respeto Y ya no ser tu amigo, ser tu dueño Más que amigos, Matisse Buenos Aires, mayo 2007 Aquel día de mayo, había decidido dejar de lado todos mis miedos y reticencias y me había permitido comportarme como una mujer liberada, que no le debía explicaciones a nadie. Pero me había olvidado de dejar a mi corazón guardado en casa, y no solo le abrí paso a mi cama. Llegamos al pub y me dirigí inmediatamente a la barra para saludar a mi amigo Fede, quien también era el barman y solía obsequiarnos bebidas. Habíamos intentado salir hace algunos meses, pero no hubo una conexión romántica, así que nos convertimos en buenos amigos. Algún tiempo después, Fede me presentó a su novio, pero esa es una historia aparte. Esa noche, sentía que necesitaba un poco de alcohol para darme el valor que requería para dar el paso que tanto deseaba. Regresé a la mesa donde se encontraban Fabio y Juan, mientras Jessica disfrutaba de la pista de baile junto a algunas de sus compañeras de clase. La camarera se acercó a nuestra mesa, y pedimos unos chupitos de ron para nosotras y unas cervezas para ellos. Mientras tomaba mi tercer chupito, una de mis canciones favoritas comenzó a sonar, y no pude resistir la tentación de levantarme y unirme a la pista de baile. Tomé la mano de Fabio con decisión y lo llevé a la pista de baile. —Yo no bailo, Lucía— susurró en mi oído. —Está bien, quédate quieto si preferís, porque esta noche la que baila soy yo— le respondí con un guiño, comenzando lo que imaginaba como un baile sensual. No dejé de rozar provocativamente contra él. Me volteé, dándole la espalda, y mi cuerpo se movía en armonía con el suyo, creando una conexión irresistible. —Lucía, estás jugando con fuego—dijo agarrándome de las caderas para que me quedara quieta, haciéndome sentir lo que mis movimientos causaban en su cuerpo. —Tal vez esta noche quiero incendiarme con vos—me solté de sus manos y dando la vuelta me acerqué a su oído, tirando de él hacia abajo. Fabio me miró, sopesando la situación y yo me separé de él, le sonreí y me fui al baño. Esa noche me sentía valiente y decidida a ir por todo, Fabio Ferrari no se me iba a resistir un día más. Tal vez era el alcohol en sangre, las consecuencias de esos besos antes de salir, o una combinación de más cosas, pero me sentía irresistible. Estaba llegando al baño cuando sentí una mano sobre mi hombro y me di vuelta, sabiendo a quién pertenecía. —Vení acá, petisa—dijo agarrándome de las caderas acercándome a él agachando su cabeza para devorarme con un beso. A trompicones nos metimos en la primera puerta que vimos sin separar nuestras bocas, cerramos con la trama desde adentro y nos matamos a besos. Me puso contra la pared y comenzó un recorrido con sus labios húmedos por mi cuello hasta llegar al borde del vestido. —abajo— dijo como si fuera una orden y mis manos actuaron en consecuencia dejando mis senos al aire. No podía creer lo que veía. Su cabeza enterrada entre mis pechos, lamiendo y mordisqueando, dejando marcas en cada beso, algunas, invisibles. Mi respiración estaba cada vez más agitada, enterré mis dedos en su cabello, que era tan sedoso como había imaginado. Necesitaba sentirlo, y en un rapto de locura, tomé una de sus manos y sin dudar la puse entre mis piernas. —Estás muy mojada— dijo acariciándome suavemente — quiero probarte. Y se puso de rodillas delante de mí, pasando una pierna por sobre su hombro y hundió su cara entre mis piernas. —Por favor Fabio. — dije en un gemido. —¿Por favor qué? LUCÍA— me miró sonriendo pícaro. —Comeme toda— me removí, dándole la bienvenida a mi sexo, empujé su cabeza para sentirlo más cerca. Con los dedos corrió mi ropa interior y empezó a lamerme de arriba hacia abajo. Su lengua caliente se sentía increíble contra mi clítoris, mi respiración cada vez estaba más agitada. No podía pensar, solamente quería sentir. —más—exigí entre jadeos. Y acto seguido comenzó a meter su lengua como si me estuviera penetrando con ella. Estaba por explotar, era como si todas las fantasías que había tenido leyendo se hubieran materializado. Nunca jamás me había sentido de esa manera. Y fue en ese momento que introdujo un dedo en mi interior, y luego otro, sin dejar de succionar mi clítoris. —Dámelo todo— dijo moviendo sus dedos adentro y afuera Y me deje ir, si no fuera porque mi pierna estaba sobre su hombro habría caído al suelo. No dejaba de temblar. Se levantó y me besó, haciéndome sentir mi propio sabor. Presionando mis nalgas me acerco más a su duro bulto. Y me volví totalmente loca, me colgué de su cuello y enredando mis piernas alrededor de su cintura le devolví el beso. —Cogeme Fabio, ahora acá. Sin importar nada más—casi le rogué, buscándolo con mi lengua voraz. No sé cómo hizo, pero conmigo colgada de su cuello se abrió los pantalones y se puso un preservativo todo en un segundo, o al menos eso me parecía a mí. Y tomándome fuerte me penetró de una embestida. La sensación fue única. Nada de lo que había vivido hasta ese momento se parecía remotamente a ese instante. Fabio se giró y apoyó mi cuerpo sobre la mesa que estaba detrás y empezó a moverse en mi interior, en pequeños círculos llevándome al borde de la locura. No podía hablar, solo podía pensar ¡Más fuerte! ¡más fuerte! Y debo haberlo dicho en voz alta, porque sin dejar de besarme, comenzó a moverse más rápido dentro de mí, llevándome hacia un segundo orgasmo explosivo. Clavó los dientes en mi cuello y me mordió, me iba a dejar una marca, pero aquello no me importaba, y sentí sus temblores en mi interior. —mierda— dije — eso fue intenso. ¿Siempre es así? — exclamé sin pensar. — ¿No habías tenido un orgasmo antes? — me preguntó mientras se quitaba el preservativo y lo arrojaba a la basura. Sacudí la cabeza diciendo que no, y bajé la mirada con vergüenza. Ese había sido mi primer orgasmo teniendo sexo, y ya sabía que querría repetirlo para siempre. Fabio me sorprendió con su actitud, porque ante mi confesión, me abrazó y me dio un tierno beso. Tomó unos pañuelos y me limpió con delicadeza. Me ayudó a acomodarme la ropa y salimos de ese cuarto. Riéndonos. Llegamos a la mesa. Jessica estaba sola en la mesa y Juan no estaba. Fabio se fue a buscar a su amigo. Jessica me miró, — ¿Te lo cogiste? — dijo mi amiga, ladeando la cabeza, y se llevó una mano a la boca como si estuviera sorprendida. — Ay Jess ¿qué decís? — intenté negar lo evidente. — Lucia tenés cara de haber tenido el orgasmo de tu vida— se rio cómplice. Alcé la mano y levanté dos dedos riéndome. — Ah bueno. Yo me voy a lo de Juan. Pedile que te lleve. En el baño de casa hay una caja de preservativos nuevita. -dijo guiñándome un ojo. Le tapé la boca con la mano tratando de no reírme, pero era imposible. Me sentía feliz y no quería disimularlo. Antes de irse Juan se acercó a mi oído y me dijo una frase que en ese momento no me representó nada, faltaría un tiempo para que entendiera porque me hacía esa advertencia. -— Se hace el duro, pero en el fondo es un tierno. Tenele paciencia— dijo Juan me saludó, y se fue con mi amiga. Fabio, me tomó de la mano, y ayudándome a levantarme me sentó sobre su regazo. Giré mi cuerpo para besarlo. — Estos dos se van a tu depto. Venís al mío? Ya que no vas a poder dormir— le susurre contra la boca y pase mi lengua por su labio inferior. Sus dedos se clavaron en mi muslo, y me mordió el labio inferior. Nos levantamos y me agarro de la mano para irnos a la calle. Al llegar al departamento, dejamos nuestra huella en cada rincón sin excepción. Pasamos toda la noche despiertos, hasta que finalmente, al llegar a la cama, me acurruque contra su pecho, sintiendo el ritmo de sus latidos. Él me abrazó, acercándome aún más a su cuerpo, y me sumí en el sueño. Por primera vez, experimenté una sensación que se asemejaba mucho a estar en un cuento de hadas, a sentirme protegida por el valiente caballero con su brillante armadura que había esperado durante toda mi vida. Sin embargo, desconocía que ese sueño se desmoronaría en poco tiempo; en ese momento, todo parecía perfecto.
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