Lucía
"Si algo puede salir mal, saldrá mal"
Ley de Murphy
Roma, mayo 2022
Después de un largo vuelo, por fin, llegué a Roma. Una emoción fuerte me embargó, hacía más de diez años que no caminaba sus calles, ni disfrutaba de sus monumentos y su gastronomía.
Alguna vez, a mis veintipocos soñé con establecerme para siempre en esa ciudad junto al hombre que destrozó mi corazón. Esta vez recorrería sus calles sola, tras haber logrado armarme una vida sin su presencia.
El avión aterrizó a las 14 horas en Fiumicino. Me dirigí a recoger la maleta a la cinta transportadora, pero no la veía por ningún lado. Al cabo de un rato, me acerqué al mostrador de reclamos donde me informaron que mi equipaje se había extraviado. Una amable empleada me entregó un formulario que debía llenar para que me la hicieran llegar cuando la encuentren.
Así que ahí estaba, sin maleta, solo con lo puesto. En ese preciso instante recordé que lo único que había guardado en el equipaje de mano era la ropa interior porque tengo la maldita manía de llevar libros en la maleta principal y ya no entraba nada.
De puta madre, voy a tener que comprarme ropa para poder ir mañana a la primera charla.
Salí del aeropuerto y caminé en busca de un transfer que me llevé al hotel Testaccio, mientras avisaba con el móvil a mi familia de mi llegada. Al llegar al mostrador de la empresa que tenía registrada en mi agenda, me informaron que había una huelga de transporte, por lo cual no disponían de taxis ni transfer.
Pensando que la suerte no me estaba acompañando para nada, me decidí a probar suerte con alguna aplicación de transporte. Ni bien hice la solicitud, me salió un cartel diciendo que un coche estaba disponible a solo 10 minutos del aeropuerto. Muy contenta ante esta posibilidad le di aceptar a solicitar, pero me salió un mensaje de error y me pedía que lo intente más tarde. Lo intenté varias veces, pero siempre salía el mismo mensaje. A esta altura, ya estaba entrando en desesperación y había empezado a sudar de los nervios. El clima no ayudaba, hacía mucho calor en Roma y la ropa se me estaba pegando al cuerpo. Tras varios intentos fallidos, finalmente logré conseguir un vehículo que tardaría más de veinticinco minutos en llegar. Volví al interior del aeropuerto para comprar un agua, y esperar en un lugar más fresco.
Tras cuarenta minutos de espera, sí los 25 que prometía la app se extendieron porque el chofer pinchó una goma en el camino. Subí al coche, pero el trayecto hasta el hotel, que debería durar 20 minutos, se extendió 1 hora y media a raíz de que el simpático joven que manejaba el auto se dio cuenta de que otro de los neumáticos estaba pinchado a mitad de camino, y tuvimos que esperar al auxilio que tardó más de media hora en llegar, porque según nos explicó su conductor, acababa de salir campeón la Roma y la ciudad estaba colmada de gente con los colores del equipo local.
¡Carajo! parece como si todos los romanos, incluido el fantasma de Julio César habían salido a la calle a festejar la obtención del scudettto.
A estas alturas del día, lo único que quería era llegar al hotel, subir a mi habitación, darme un baño, pedir servicio de cuarto y dormir hasta mañana para recuperar energías. Pero antes de eso, debía hacer el check-in en la recepción y buscar un negocio donde comprar algo de ropa.
—Buongiorno signorina sono Lucia Conti e io ho effettuato una prenotazione— me dirigí a la recepcionista que estaba conversando con el botones.
La empleada me pidió el pasaporte, y procedió a chequear la reserva. Tras cinco minutos de caras preocupantes y llamados a su compañero, me informó que no había ninguna habitación a mi nombre.
Para ese momento, estaba a punto de perder los estribos. Tratando de mantener la calma y no maltratar a la empleada, que no tenía la culpa del día espantoso que estaba viviendo. Le pedí que volviera a revisar la agenda de reservas. Ante la negativa de la chica, comenzó una discusión en italiano y castellano, mientras intentaba que viera en mi móvil el mail de confirmación que ellos me habían mandado.
—Lo siento, signora Conti, no tenemos más habitaciones disponibles porque hay una conferencia en el hotel— me respondió en un español que podría resultarme gracioso si no fuera porque estaba por llorar de los nervios.
—Por supuesto que lo sé, ¡para eso vine! — contesté exasperada—Por favor, consígame algo en otro hotel, pensión, Airbnb, ¡incluso una carpa donde pueda bañarme y dormir! —exigí en un tono nada amigable.
De repente, sentí que alguien se detenía a mi lado. Su perfume embriagador me envolvió, el calor que emanaba su cuerpo, me erizaba los pelillos del brazo cercano a él. Con disimulo, miré hacia abajo y vi unos zapatos negros impecables. Levanté la vista lentamente para ver a quien pertenecían esos pies. Pantalón de vestir gris oscuro, camisa blanca impoluta, dos botones abiertos, me gustaba lo que veía. Era un premio que los dioses me enviaban para un día totalmente olvidable. Inspiré fuerte y un aroma familiar despertó viejas sensaciones en mi cerebro que estaban bajo cuatro llaves.
—Buongiorno, Gina, come stai? —preguntó seductoramente el hombre a mi derecha.
No puede ser, esto no está sucediendo. No mires Lucía, no es Fabio, es alguien parecido.
—Signore Ferrari, bene, bene, siempre a su servicio— contestó la recepcionista, acomodándose el cabello, coqueteando con él. Ignorando mi presencia por completo, y derritiéndose ante él.
—¿Algún problema con la signorina? —preguntó mirándome.
—La signora Lucía Conti, dice que hizo una reserva, pero aquí no hay nada— señaló la pantalla de la computadora con unas uñas rojas largas, perfectas que me hicieron querer esconder las mías.
La muy maldita remarca con muchas ganas el término signora.
—Lucia Conti. Tantos años sin vernos— dijo Fabio mirándome a los ojos.
—Tratando de conseguir una maldita habitación— murmuré por lo bajo, sin mirarlo.
—Gina querida, yo lo resuelvo— se dirigió a la joven recepcionista.
—Muchas gracias Fabio, no hay necesidad de que te hagas cargo. Puedo arreglarme sola—musité sin poder creer como mi día terminaba de arruinarse.
—Lucía, no seas tonta. Tengo una suite a mi disposición en el hotel— me tomó por el codo, y con una de sus manos en la parte baja de mi espalda me invitó a caminar delante de él mientras con la otra tomaba mi equipaje de mano.
—Fabio, hace rato que aprendí a hacer las cosas sin tu ayuda— di unos pasos alejándome de él, tratando de recuperar mi pequeña maleta.
Busqué mi móvil y me alejé hacia el lobby, tratando de conseguir un lugar donde pasar la noche esta hermosa ciudad.
Media hora más tarde seguía sentada en el sillón de la entrada, cuando lo vi venir hacia mí.
—Lucía, no seas cabeza dura, aceptá mi ofrecimiento. Roma está a rabiar de gente, y no vas a conseguir donde alojarte— insistió, mientras tomaba asiento a mi lado ofreciéndome una botella de mi agua preferida bien fría.
—Fabio, no quiero deberte favores- contesté exasperada por la situación.
—Hubo una época donde no hubieras rechazado esa oferta—sostuvo sonriendo seguro de sí mismo, inclinando su cabeza buscando mi mirada.
—Hubo una época donde era una estúpida inocente e ingenua— espete, haciendo un gesto de negación con la cabeza, para no mirarlo.
Una estúpida inocente e ingenua que habría dejado todo por vos.
—¿Y dónde pensás dormir? — preguntó entrecerrando los ojos y ladeando la cabeza.
—¿Te importa? —contesté fastidiosa— con los gatos del foro— agregué.
—Si no me importara no estaría tratando de ayudarte, no te parece—inquirió.
Levanté la mirada del celular y lo observé detenidamente mientras evaluaba mis opciones casi nulas. Jodidamente sé que voy a tener que aceptar su propuesta.
—Bueno, acepto tu oferta. Pero ni sueñes que vamos a dormir en la misma cama—aclaré — lo único que necesito es un lugar donde bañarme, total puedo dormir en un sillón o en el suelo. Pero será solo por esta noche. Mañana me buscaré algo, después de que encuentren mi maleta— en ese momento recordé que no tenía ropa para dormir, ni para ir mañana a la primera de las conferencias y quise morirme.
Caminamos hacia el elevador, y al subir me alejé lo más que podía de él. Fabio me miró en silencio, recorriendo mi cuerpo con sus ojos, que se detuvieron en la blusa que llevaba pegada al cuerpo como consecuencia del calor. Mis pezones, traicioneros, se endurecieron ante su escrutinio, bajé la mirada y me sonrojé al instante.
—Lucía Conti, tantos años y te seguís poniendo colorada cuando te miro— dijo aguantando la risa y cruzando los brazos sobre su pecho.
—Es el calor que hace acá adentro— contesté abanicándome con una mano y despegando la blusa de mi cuerpo con la otra.
Llegamos al piso 10 y me invitó a entrar a su habitación, en medio había una cama enorme, en frente un escritorio y un sillón que se veía bastante cómodo para dormir.
—¿Y tú maleta? -preguntó curioso.
—Me la perdieron en el aeropuerto. Tengo que salir a comprar ropa urgente para mañana, porque solo tengo esto. Ni siquiera tengo un pijama para dormir— dije sin pensar.
— Si querés, podés usar alguna de mis camisas, a mí no me molesta— me ofreció señalando el ropero, mientras una risa traviesa asomaba a sus ojos.
Lo miré enojada. Juro que si me sigue buscando le voy a pegar con uno de los cojines del sillón en esa estúpida cara de seductor que me pone.
Ignorando su risa, salí al balcón, para calmarme. Desde allí pude observar la ciudad, respiré feliz, porque nada iba a arruinar mi estadía en este bello lugar. Ni siquiera tu presencia, Ferrari. Aproveché para ponerme en contacto con la aerolínea para averiguar si había alguna información sobre mi equipaje.
Regresé a la habitación, pero no hay señales de Fabio por ningún lado. Aproveché para meterme en el baño y refrescarme un poco antes de salir a comprar algo de ropa.
Frente al hotel vi en una vidriera un conjunto de falda tubo negra, una camisa blanca con lunares y zapatos de tacón, como los que usaba cuando era joven y dejándome llevar entré a la tienda a probármelo, aunque sé que debería comprar algo más cómodo. La vendedora, muy amablemente atendió mi pedido y me trajo ese conjunto completo. Entré al vestidor y cuando me vi en el espejo con esa ropa, me sentí muy sexy, como hacía años no lo sentía y decidí darme el gusto y comprarlo. Estoy abonando con mi tarjeta de crédito cuando desde otro maniquí un vestido n***o con escote en la espalda, y cuello cerrado de encaje me enamora y me pide que lo lleve. No tengo idea para qué, pero no puedo evitar la tentación.
Regresé a la habitación con mis bolsas, feliz con mis compras. Fabio está saliendo del baño con una toalla en la cintura y el pelo mojado, unas gotas traviesas caen por su pecho y no puedo dejar de mirarlo como una idiota. Me quedé sin palabras, Fabio luce como un modelo publicitario.
Mierda tiene 40 años no puede seguir estando tan bueno. ¿Y esos abdominales? No hay derecho dios mío, y la ve que desciende debajo de esa toalla, el camino al paraíso, ay por favor Lucia, te calmas, ya sabes lo que hay debajo... Y te encanta picarona, si se le cae la toalla ...
Mis pensamientos tienen vida propia, me doy vuelta para que no note mi reacción al verlo.
—Voy a salir, no creo que vuelva esta noche a dormir. Así que te dejo tranquila para que puedas descansar— dice caminando hacia el armario para vestirse.
—¿Y dónde vas a dormir vos? —pregunto sin pensar, nunca puedo refrenar mis pensamientos, mierda.
—¿Te interesa con quién duermo, Lucía? — responde Fabio, con una sonrisa pícara.
—¡No, no, para nada! ¡Perdón si fui metida! A mí me tiene totalmente sin cuidado con quien pasás la noche, por mí podés irte a una orgía que me importa tres pitos—me disculpo rápidamente, sin poder evitar mi verborragia.
Fabio se acerca lentamente a mí, caminando como un depredador, sin dejar de mirarme. Está a medio vestir, con la camisa abierta y el pantalón sin cerrar todos los botones.
—Nunca fuiste buena mintiendo, Lucía— me dice, mientras me toma del mentón, acercando su rostro al mío, y deja un suave beso en la comisura de mis labios.