Capitulo 3. El modo

1197 Palabras
Dubai Luego de llegar y acomodar a su hijo dormido, que al principio había tenido un ataque en el helicóptero y finalmente logró tranquilizar, Fatima fue a hablar con su hermano y su cuñada. La habían puesto en una de las habitaciones de abajo por el bien del pequeño Malek. Ya que las escaleras eran de metal y cristal (como otras cosas en la casa) y no querían que corriera riesgo de lastimarse. Primero fue al baño para lavarse, se quitó el velo y no reconoció a la mujer que vió en el espejo. Seguía siendo atractiva con bellos sus ojos oscuros almendrados, su nariz recta apenas respingada y su cabello castaño de un color rico como los granos de café. Pero tenía en la profundidad de sus ojos un dejo de tristeza que ni diez kilos de kohl podrían ocultar. Aparte estaba pálida y ojerosa. En la nave, su hermano le había dado unas bebidas isotónicas y unas barras energéticas para compartir con su hijo , pero necesitaba mucho más para recuperar su cuerpo lozano. Incluso sus mejillas hundidas hacían ver a sus pómulos filosos. Se enjuagó y lavó varias veces,casi de manera compulsiva. Como si fuera un ritual. Se sentía sucia y poco tenía que ver con lo que vivió en el trayecto hacia lo de Samir, ni con la muerte de Amin. No se alegró con la muerte del hombre que de hecho en un último acto piadoso la protegió con su cuerpo de las balas. No le guardaba rencor ni odio tampoco, él ya estaría rindiendo cuentas con Alá. Ella solo quería seguir adelante con Malek. Quería vivir simplemente, solo quería vivir...maldita sea. No se dió cuenta pero empezó a sollozar. Se agarró con tanta fuerza al lavatorio del baño que sus nudillos se pusieron blancos. Lágrimas amargas de pena, pero también de alivio corrieron por primera vez en mucho tiempo libremente por sus mejillas. Las otras esposas e hijas del jeque parecían obtener un placer perverso en su sufrimiento. Su único acto de rebeldía era el poder contener sus lágrimas cuando estaba partida en pedazos. Sollozó hasta que las piernas no sostuvieron más su cuerpo delgado, alguna vez curvilíneo, y se tiró al suelo donde se abrazó las rodillas y le agradeció a su padre y a Alá por estar allí. Ahora solo necesitaba explicarle a su hermano para que entendiera. Ella necesitaba irse de los Emiratos como fuera, mientras estuviera allí correría peligro incluso en casa de Ahmed...él no podría pasar sobre la ley y la familia del difunto jeque era tan poderosa como él. Intentó recomponerse y limpiarse como pudo. Solo dejó cubierta su cabeza. Cuando ya estaba lo suficientemente controlada, aunque temblaba un poco, fue hasta la oficina. Ella había estado un par de veces en la casa así que sabía dónde quedaba. Su hermano le dijo que la esperaría allí. Cuando habían arribado, su cuñada Katherine no estaba, pero cuando entró en la oficina sí. — ¡Oh querida, cuanto lo siento! — le dijo estrechandola entre sus brazos y ella sabía que no se refería a la muerte de su marido. Ella ENTENDÍA pues su primer marido también había sido violento y abusivo. — .Ven siéntate — le dijo la rubia y la llevó de la mano hasta la silla de oficina. La oficina de Ahmed era amplia y moderna, con un enorme escritorio de cristal y patas de acero, que hacía juego con el resto de la decoración de la casa de un estilo minimalista moderno. — Yo...necesito irme de aquí hermano — le dijo mirándolo grave. — Ya estás aquí, en esta casa nadie te hará daño...— afirmó Ahmed tomando su mano sobre la superficie de cristal. — Tú no entiendes...no sabes como son...las cosas que...— Fatima se mordió los labios para no decir las cosas que aún no estaba lista para contar. — ¿ Las cosas que qué? — preguntó Ahmed levantando una ceja. — No importa...— murmuró Fatima agachando su mirada y cabeza, lo que enfureció más a su hermano. Ahmed se levantó y fue hasta su lado y levantó su barbilla con su mano. — A mi me importa... — Nos importa...— dijo Katherine y apretó su hombro dándole aliento. Fatima miró a Katherine y luego a su hermano. — Si realmente les importa entonces ayúdenme a huir de aquí... Varias horas después, por la noche, Ahmed y Katherine estaban desnudos y abrazados. Ya habían cenado. Fatima había comido poco y luego se había retirado excusándose. Ahmed suspiró apesadumbrado. — ¿Tú que piensas? Digo, ya que has vivido algo parecido... — Oh no jajaja...lo de tu hermana es abismalmente peor, no es comparable...— el marido de Katherine la había violentado de muchas formas pero nunca la había abusado sexualmente, ni le había dado una golpiza como intuía había padecido la joven Fatima. — Aún así...tienes más experiencia que yo en esto... — Eso es cierto...— caviló la texana —...creo que hay que apoyarla y escucharla. Si dice que desea irse, ayudemosla. Nosotros tenemos todos los recursos para hacerlo Ahmed...es mucho más que lo que tienen la mayoría de las mujeres en su situación... — Me duele y enoja verla tan quebrada pero también me molesta que quede cuestionada mi capacidad de protegerla...— admitió él. Katherine apoyó un codo en la cama y su mejilla sobre su palma. A pesar de tener más de 50 años parecía una mujer mucho más joven, de no más de 40 e incluso menos. Su belleza clásica sureña de cabello y ojos claros, intacta. Su cuerpo parecía no haber pasado un embarazo, era estilizado y estaba en forma. — Esto no se trata de ti cariño...se trata de ella. Ahmed reflexionó sobre sus palabras. Acarició su mejilla con dulzura y le dió un suave beso. — Sabes que eres hermosa...y sabia...— le dió otro beso más profundo y la llevó debajo de su cuerpo para hacerle el amor pausadamente. Dos días después tenían los papeles que necesitaban y pusieron en un avión a Fatima y su hijo. Al tercer día recibieron la "visita" de algunos miembros de la familia del fallecido jeque, dos de sus yernos con varios matones. Katherine no se sintió cobarde por esconderse de esos hombres en su dormitorio. Rezó no supo cuantos Padres Nuestros y Aves María hasta que salieron de la oficina y se retiraron de la casa. Ahmed la buscó en la habitación y la abrazó fuerte. — Hicimos bien en ayudarla a huir, tenías razón...y ella también me temo...— murmuró Ahmed —. Estos hombres...son más peligrosos de lo que nos imaginábamos...hablé con Samir luego de que se fueron. Primero lo visitaron a él, tiene miedo... — ¿Y qué harás??? — Le ofrecí venir, pero no quiere dejar la tribu a su suerte...así que mandaré hombres y armas...— y con hombres se refería a soldados entrenados, mercenarios. — ¿Crees que quizá...esos hombres puedan encontrarla??? — Susurró Katherine atemorizada. Él la miró a los ojos y besó su frente. — Por Alá, espero que no...y si así, necesito encontrar el modo para poder protegerla...a como dé lugar...
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