Siento Los Latidos El Puerto De Salida El crujir de los mástiles, el canto de las gaviotas y el bullicio de marineros y pasajeros llenaban el aire húmedo del puerto. El sol estaba bajo, cubriendo los muelles con una pátina dorada que no lograba suavizar el hedor a sal, madera mojada y humanidad apretujada. Isabella descendió del carruaje con paso lento, elegante, pero tenso. Bajo el sombrero de velo, sus ojos recorrían el entorno sin realmente verlo. O mejor dicho, viéndolo de más. Los latidos. El murmullo incesante de corazones latiendo se colaba entre los sonidos habituales. Un latido más fuerte que otros llamó su atención: el de un niño que corría, riendo. Otro, más irregular, de un anciano que tosía a unos metros. Uno más, cálido y cercano, el de una mujer embarazada que pasó cerca

