Alejandro me miraba con una mezcla de ternura y seguridad que casi me hizo olvidar todo lo que había pasado entre nosotros. Era extraño verlo así, vulnerable y sincero. Había algo en su mirada que parecía pedir otra oportunidad, y aunque una parte de mí todavía tenía dudas, otra, más fuerte, me decía que quizás valía la pena arriesgarme. —Entonces, ¿dónde empezamos? —pregunté con una sonrisa ligera, intentando aligerar la tensión. Él esbozó una sonrisa casi tímida, algo que jamás pensé que vería en Alejandro Magno. —Podríamos empezar por un... paseo —propuso, rascándose la nuca, como si la idea fuera completamente improvisada. —¿Un paseo? —reí, sorprendida—. Viniendo de ti, pensé que sugerirías una cena en un restaurante de cinco estrellas o una escapada en tu jet privado. —No te preo

