La declaración de Alejandro resonaba en mi mente como un eco. La idea de verlo en una luz diferente, más allá de la rivalidad, me intrigaba, pero también me hacía sentir vulnerable. No sabía si podía volver a confiar en él, y mucho menos, si podía permitirme sentir algo tan fuerte sin correr el riesgo de terminar herida. A pesar de sus palabras, seguía siendo Alejandro Magno, el hombre que había visto la vida como una serie de conquistas y desafíos. Lo miré en silencio, intentando descifrar hasta qué punto era sincero. Sus ojos, por primera vez en mucho tiempo, parecían haberse despojado de esa arrogancia que siempre los caracterizaba. —¿Sabes, Alejandro? —dije finalmente—. Hay algo en ti que siempre me ha hecho pensar que eres capaz de cosas grandes. Pero también está esa otra parte tuy

