Narra Anny. Después de prometerle a Alejandro que no me iría, no pude evitar quedarme abrazada a él unos minutos más. Es como si con cada palabra, cada gesto, se rompiera un poco más la coraza que lleva puesta desde que lo conocí. Me doy cuenta de que no necesito nada más que esto: su presencia, su voz calmada, sus brazos que me envuelven como si temiera que pudiera desaparecer en cualquier momento. —¿Sabes qué vamos a hacer hoy? —le pregunto, separándome apenas para mirarlo a los ojos. —¿Me vas a dar órdenes ahora? —me responde con esa sonrisa canchera que me encanta. —Exactamente. Vas a dejar el celular, no vas a revisar un solo mail de trabajo, y vamos a pasar el día haciendo… nada. —¿Nada? —frunce el ceño, como si le estuviera proponiendo algo ridículo. —Nada de trabajo, nada de

