Sentí el calor de su mirada como si fuera un peso físico, una fuerza implacable que me atraía hacia él, aun cuando mi razón gritaba que debía mantenerme al margen. Alejandro estaba tan cerca que podía ver la leve sombra de su barba y el brillo intenso en sus ojos, esos ojos que parecían saber mucho más de lo que dejaban entrever. Me quedé en silencio, sabiendo que cualquier palabra que pronunciara podría ser usada en mi contra.
Él inclinó la cabeza hacia un lado, evaluándome con esa expresión calculadora y seductora que empezaba a reconocer como su carta de triunfo.
—Anny, he conocido a muchas mujeres, pero ninguna me ha mirado como tú lo haces, con tanto desafío en los ojos. —Dio un paso hacia adelante, reduciendo la distancia entre nosotros a casi nada—. ¿Sabes lo que eso hace en un hombre como yo?
Me negué a retroceder. Si algo tenía claro, era que no iba a ceder terreno ante él.
—Alejandro, te lo dije antes. No estoy interesada en formar parte de tus juegos. Y, honestamente, ya estoy agotada de que uses el trabajo como excusa para aparecer cada vez que te plazca. Esto es un lugar profesional. ¿Te suena esa palabra?
Él sonrió, divertido, y supe que no estaba acostumbrado a recibir ese tipo de respuestas. Pero también percibí algo en su expresión que me hizo dudar, una sombra de... vulnerabilidad. Algo me decía que Alejandro Magno, el hombre que todos conocían como inquebrantable y egocéntrico, guardaba secretos mucho más oscuros y profundos de lo que cualquiera imaginaba.
—No siempre se puede mantener lo profesional, Anny. No cuando estás cerca de alguien que hace que las reglas parezcan irrelevantes —contestó, y luego, con una expresión de desafío—. Pero si quieres que me comporte… —Retrocedió un paso, levantando las manos en señal de rendición—. Bien, lo haré. Por ahora.
El alivio que sentí fue inmediato, aunque supe que Alejandro rara vez cumplía sus promesas. De cualquier forma, agradecí su retirada, incluso si solo era temporal. Porque, al fin y al cabo, había otro tema pendiente. No solo estaba él en esta ecuación, y Zouse también comenzaba a ocupar un lugar inesperado en mi mente, lo quisiera o no.
Al día siguiente, mientras revisaba unos informes en mi escritorio, recibí un mensaje inesperado de Zouse. Me invitaba a una cena en un restaurante elegante, con el pretexto de celebrar la finalización de una etapa importante del proyecto. Era, técnicamente, una invitación profesional, pero una parte de mí sabía que las intenciones de Zouse probablemente iban más allá de una simple cena de trabajo.
Decidí aceptar. Quizás porque necesitaba un respiro, o porque quería ver si en esa cena podía encontrar algo de claridad en medio del enredo en el que me había metido. Al fin y al cabo, una parte de mí también tenía curiosidad por entender qué era lo que realmente sentía por Zouse. ¿Había algo genuino ahí o solo era un reflejo de mi deseo de escapar de la influencia de Alejandro?
Esa noche, llegué al restaurante y encontré a Zouse esperándome en una mesa junto a un ventanal, donde las luces de la ciudad se veían como un manto de estrellas. Él estaba vestido de forma impecable, con una camisa blanca y un reloj de aspecto sofisticado, y al verme, sonrió de una manera que parecía más honesta de lo habitual, menos fría y calculadora.
—Te ves increíble, Anny —dijo, poniéndose de pie para saludarme—. Gracias por aceptar.
Le devolví la sonrisa y tomé asiento, dejándome llevar por el ambiente relajado. La velada comenzó con una conversación tranquila, aunque en el fondo ambos sabíamos que tarde o temprano tocaríamos temas más personales. Después de los primeros platos y algunos brindis, Zouse decidió finalmente romper la barrera de formalidad.
—Alejandro y yo tenemos una historia complicada, como ya habrás notado —comentó, su tono cambiando a uno más serio—. Desde la preparatoria siempre fue una competencia absurda entre nosotros. Y, aunque a veces lo intento, hay cosas que nunca he podido dejar en el pasado.
—¿Así que yo soy solo una parte de esa competencia entre ustedes? —pregunté, alzando una ceja.
Zouse suspiró y bajó la mirada, dándose cuenta de que no era tan fácil responder esa pregunta.
—Al principio… quizás sí, Anny. —Confesó con sinceridad—. Pero después de conocerte… no es así. Hay algo en ti que va más allá de lo que cualquiera podría imaginar, algo que Alejandro no merece.
Su confesión me sorprendió, y por primera vez vi a Zouse de una manera diferente. Ya no era solo el hombre que rivalizaba con Alejandro, sino alguien que parecía genuinamente interesado en mí, alguien que no estaba dispuesto a jugar con mis sentimientos.
Me debatía entre responderle o simplemente dejar que el silencio hablara, cuando mi teléfono vibró en la mesa. Miré la pantalla y sentí que el corazón se me detenía un segundo. Era un mensaje de Alejandro: "¿Dónde estás? Te necesito ahora. Llámame."
Sentí un torbellino de emociones, entre la molestia por su insistencia y una extraña sensación de preocupación que no podía ignorar. Miré a Zouse, quien notó mi incomodidad, y antes de que pudiera decir algo, él habló:
—¿Es Alejandro, verdad?
Asentí, sintiéndome atrapada entre dos fuegos. No podía negar que Alejandro tenía un poder sobre mí, incluso cuando me esforzaba en mantenerme lejos.
—Anny, no tienes que responder. Esta noche es para nosotros —dijo Zouse, cubriendo mi mano con la suya en un gesto protector.
Pero el mensaje de Alejandro seguía en la pantalla, y algo en mi interior me decía que debía contestar. No estaba segura si era una decisión racional o simplemente la curiosidad y el deseo de saber qué había detrás de esa urgencia.
Respiré hondo y, finalmente, decidí responder. Le envié un mensaje breve: "Estoy ocupada. Hablamos mañana."
Zouse sonrió, como si mi decisión le diera la seguridad de que, al menos por esa noche, yo estaba con él. Continuamos cenando, y por un momento logré desconectar de la confusión que Alejandro traía a mi vida, disfrutando la calma y la atención que Zouse me ofrecía. Pero, en el fondo, sabía que esto era solo una tregua temporal, que al día siguiente la batalla continuaría.
Al regresar a casa, me sentía agotada y confundida. Había sido una noche de revelaciones y de decisiones que todavía no estaba segura de entender del todo. Me cambié de ropa y me preparé para dormir, intentando despejar mi mente. Pero cuando estaba a punto de cerrar los ojos, escuché un leve golpeteo en la puerta de mi departamento.
Me levanté y, al abrir, encontré a Alejandro, despeinado y con una expresión que jamás le había visto: desesperación.
—Anny, necesito hablar contigo. No podía esperar hasta mañana —dijo, su voz baja y cargada de algo que nunca había escuchado en él… ¿era miedo?
Mi corazón comenzó a latir con fuerza, y en ese instante supe que, aunque intentara huir, Alejandro siempre encontraría una manera de regresar a mi vida.