La paz de la cabaña se desvaneció en el momento en que cruzamos la puerta de regreso al mundo real. No habíamos alcanzado ni el lobby de la oficina cuando sentí la presión en el aire, una corriente tensa y expectante que rodeaba a todos en el edificio. Algo estaba pasando, y la mirada de cada persona se posaba en nosotros como si hubiéramos roto una regla invisible. Alejandro y yo intercambiamos una mirada, y pude ver en sus ojos que él también sentía el cambio. No dijo nada, pero la línea dura de su mandíbula me indicó que estaba preparado para enfrentar lo que fuera que se avecinaba. Al llegar a mi escritorio, vi una nota pegada en la pantalla de mi computadora: “Blanca quiere verte en su oficina. Ahora.” Respiré profundo, preparándome mentalmente para lo que sabía sería un enfrentamie

