La noche siguiente a nuestro café “normal” aún sentía la extraña calidez de haber bajado las armas. Como si Alejandro, Zouse y yo hubiéramos cruzado una línea invisible donde el ego y la competencia perdían su peso. Pero sabía que esa tregua era frágil, y al mínimo desliz, las viejas tensiones podrían volver a encenderse. A la mañana siguiente, en la oficina, me esperaba una sorpresa. Había un ramo de flores en mi escritorio, uno de esos arreglos gigantescos y perfectamente orquestados que solo alguien con el gusto y el presupuesto de Alejandro enviaría. "Para Anny. Sin juegos esta vez. —A.M." Sonreí. Claro, esto tenía el toque de Alejandro, pero al menos había entendido algo del mensaje de la noche anterior. Menos espectáculo, más autenticidad. Me reí sola, imaginando su cara mientras

