Suegrito

1754 Palabras
¿Cómo es posible? Ahora entiendo muchas cosas. Él sabía mucho sobre mí y es algo que siempre me estuvo raro, pero pensé que tal vez era por lo de Rebecca. Lo menos que hubiera podido imaginar es que a quien le estuve mostrando mi cuerpo tantas veces iba a ser él. —¿Por qué me miras así? ¿Tienes algo que decir? —¿Cómo supiste sobre esa página? ¿Cómo sabías que era yo quien estaba detrás? —Tengo mis mañas, pero mejor me las reservo para mí solito. —Eso te convierte un acosador. —Ah, caray. Fíjate que no lo sabía — sonrió, antes de encararme—. Ay, mi Rachel. Ya eres toda una mujer — su otra mano levantó mi blusa, hasta llevarla por detrás de mi cuello y observó mis pechos descubiertos—. Que ricos se miran — los agarró entre su caliente mano —, y se sienten — besó mi pecho, poco a poco desviándose hacia ellos y jugó alrededor, provocándome escalofríos. Ya ni sabía si podía retractarme. La fuerza de voluntad la iba perdiendo cada segundo. Su boca acaparó cada centímetro y mis piernas flaquearon. Sentía claramente cómo se emocionaban tras su contacto directo. Se alternaba entre ambos, hasta que hubo un momento en que lo mordió suavemente y una electricidad recorrió todo mi ser. Un gemido se escapó de mi garganta y me miró fijamente mientras seguía haciéndolo. Su mirada en ese momento tan débil me puso muy caliente. Levantó mi liviano cuerpo y me sentó en la encimera. Estabas más a su altura y mentiría si digo que no me puse nerviosa teniéndolo tan cerca. Deslizó mi pantalón por mis piernas hasta quitármelo por completo, dejándome solo en ropa interior y colocando esta vez su cuerpo entre mis piernas. Escuché el cierre de su pantalón y en instantes vi cómo su erección quedó al descubierto. —Agarra lo que es tuyo y juega con el— llevó mi mano a su erección y lo apreté suave con temor a lastimarlo. Se deslizaba entre mis pequeñas manos mientras él mismo se movía simulando tomarme. Es tan distinto al que vi por primera vez y se siente bien tocarlo. Los jadeos que emitía mientras lo hacía, eran muy placenteros. ¿Realmente se siente bien que lo toque? Su hipnotizante mirada se centró en mí y sus labios como un imán, se adueñaron por completo de los míos. Fue algo que no esperaba, pero me puso a arder aún más. Su sabor y suavidad era embriagante. Necesitaba más de esto. Su mano se fue por detrás de mí cabeza, profundizando más el beso y obligándome a no apartarme de sus labios. Su juguetona lengua no dejaba de jugar tan abiertamente con la mía mientras trataba de imitar lo que hacía. Su otra mano se adentró a mi ropa interior y en ese preciso instante que sentí su dedo deslizarse entre medio de la grieta, esa electricidad se hizo presente de nuevo. Mis gemidos no pude controlarlos. Sus dedos sabían justamente dónde tocar. Mordía mi labio inferior mientras lo succionaba, sin dejar de explorar mis adentros con sus dedos. Mis dedos nunca me hicieron sentir de la misma manera que me siento ahora. Se apartó de mí boca para quitarme la ropa interior. Estaba totalmente desnuda frente a él y pareció provocarle mucho por la manera en que mordió sus labios y me recorrió con la mirada. Sé que no es la primera vez que me ve, pero de igual forma me pone nerviosa. Recosté mi espalda de la encimera y abrió mis piernas de par en par. Se paseó y besó mis muslos, poco a poco acercándose peligrosamente hacia esa zona. Su aliento tan cerca me dio escalofrío. Estaba a la expectativa de lo que haría. Curvé mi espalda en el preciso instante que entró en contacto con la zona directamente. La manera en que jugó con ellos y los alternó, me tuvo alucinando, pero no más que cuando se posó en mi botón. Mis gemidos se intensificaron, tanto como mis temblores. La experiencia se reflejaba en las técnicas que hacía, provocándome espasmos. Nunca había sentido algo igual. Creí que iba a enloquecer. Instintivamente me encontré moviéndome por mi cuenta. De su garganta se escapaba un satisfactorio gruñido cada vez que lo hacía. Retomó su postura y en sus labios se reflejó una sonrisa muy maliciosa. No sabía cuál iba a ser su siguiente movida. Estaba muy sensitiva, no sabía qué tanto hasta que su fuerte azote con su base en la entrada me produjo muchas cosquillas. Me sentía fuera de sí. Por más que trataba de calmarme, no podía. —Ay, Rachel — mordió su labio inferior, antes de sonreír y hundirse lentamente —. No tienes ni puta idea de lo que vas a gritar — lo hizo tan de golpe que me sacó un grito de sorpresa. —¡Aiden! — traté de levantar el cuerpo, pero presionó mis piernas contra mi abdomen. —¿Así es como lo querías sentir? Duro y profundo, ¿no? La primera vez dolía demasiado, ahora duele, pero es un dolor tolerable. Es solo que el calor se está intensificando, al igual que los escalofríos y no me deja pensar claramente. La presión de sus fuertes embestidas eran algo fuera de este mundo. Siento que me haré encima si no para de taladrar tan rápido. Cada segundo que transcurría sentía que me rompería, pero por alguna extraña razón, mis adentros lo iba aceptando. Aunque había soltado mis piernas, ellas se habían entrelazado a su espalda, como si mi propio cuerpo estuviese actuando por su cuenta y lo quisiera todo. Su dedo frotaba mi botón mientras continuaba moviéndose sin detenerse. Podía percibir una presión muy aguda, algo que no se podía comparar a ninguno de mis viajes al cielo de los que he tenido. —No me saques. Me aguanté del borde la encimera, pues sentía que de cierta manera me brindaba seguridad. La presión volvió a aparecer, pero esta vez a arrebatarme la poca energía que tenía. La sensación de que esa presión que debía ser expulsada fuera retenida y obligada a mantenerse dentro debido a que no tenía ruta de escape, me hizo tener una crisis donde por unos momentos olvidé hasta mi nombre. Mis constantes gemidos hacían eco en la cocina. Era inevitable que no sucediera. Se detuvo un momento y pude coger algo de aire. Las gotas de sudor se deslizaban por nuestras mejillas. Me hizo ponerme boca abajo y me levantó solo una pierna, la cual descansé sobre la encimera. La forma violenta en que volvió a retomar sus embestidas me obligaron a sujetarme bien, pues sentía que podía caerme. Esta posición era extraña, pero el constante roce revolcaba esas sensaciones de nuevo. Con una mano presionaba mi espalda contra la encimera y la otra enterraba sus uñas en mi trasero. Ese hombre estaba entregado, como si su meta fuera hacer un completo desastre de mi cuerpo. Al cabo de un rato, mis piernas estaban adormeciéndose por el tiempo en que estuvimos así. Llevé mis manos por detrás para alcanzarlo y así pedirle tiempo, pero no contaba con que las tomara ambas y tirara de ellas hacia él. La precisión me sacó otro gemido más fuerte. Me sacó de la encimera y me vi en la obligación de inclinar por completo mi cuerpo hacia al frente. Tiraba de mis brazos y empujaba. Sentía cada movimiento circular que me proporcionaba. —Lo estás tragando bien, mi pequeña Rachel— su forma de hablarme me ruborizó. Cuando ya no pude estar más de pie por el adormecimiento, me puse de rodillas ya que no me había soltado los brazos. En el momento que los liberó, recosté la mitad de mi cuerpo en el suelo. Estaba agotada y casi sin aire, hasta la garganta me dolía de tanto gritar, pero mi cuerpo aún se sentía muy caliente. —¿A dónde vas, mi Rachel? No pensé que aprovecharía ese momento y se iría detrás de mí, para continuar con el acto. Sus manos se aferraron a mis caderas y las usó como quiso para embestirme de nuevo. Esta posición sí que se sentía mucho mejor. Aunque mis piernas estaban dormidas, el resto de mi cuerpo pareciera que pedía más a gritos. Estaba siendo empalada, sin pena alguna, en cada rincón de la cocina. Incluso en el suelo. Sometida totalmente a sus rudas, malintencionadas y fuertes embestidas. No podía huir de sus tirones de cabello y agarre. Estaba a la merced de lo que quisiera hacer conmigo. Nuestros gemidos se habían sincronizado, incluso mi cuerpo se estaba moviendo por su cuenta. No podía dejar de moverme y tomarlo más. No sé qué me pasaba, pero se sentía tan bien que no podía parar. Es como si mi parte baja no quisiera dejarlo ir. Lo hacía más especial escuchar sus gruñidos de puro éxtasis. —Eres mía, Rachel— pude percibir un calor que me produjo un sinnúmero de escalofríos y enterré mis uñas en el suelo. Aiden no dejaba de moverse, aunque esta vez un poco despacio. Tiró de mi cabello hacia atrás y se acercó a mi oreja. —Te gusta que la mezcla que hemos creado sea retenida aquí, ¿cierto? —tiraba de mi cintura hacia él y se oía claramente la mezcla de nuestros jugos. —Aiden... —¿Quieres más? — mordió el lóbulo de mi oreja. —Sí, por favor... — respondí entre fatiga. —Así que esta era la casa de tu amiga, ¿no? La calentura se nos fue en el preciso instante que escuchamos la voz de mi papá. No puedo explicarme el hecho de que haya entrado a la casa y que ninguno de los dos hayamos notado su presencia. Mi cara quería caerse de la vergüenza. Mi padre me había encontrado en la peor situación de todas. Desnuda, empalada, rellena y lo peor, justamente con el hombre que me secuestró. ¿Cómo iba a explicarle esto ahora? No tengo justificación o una explicación para dar, ni siquiera puedo negarlo porque acaba de vernos. Aiden lo tomó como lo más normal. Se veía tranquilo comparado conmigo. Frente a la expresión llena de furia de mi padre, él solo se levantó, cerrando el cierre de su pantalón, luego me ayudó a levantar, quitándose su camiseta y cubriéndome con ella. —Hola, suegrito. Bienvenido a nuestro dulce hogar — sonrió ladeado, como si nada estuviera pasando.
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