Pude ver como él casi se estremeció, y apretó el agarre en la encimera como si de alguna manera estuviera conteniéndose para volverse hacia mí. Por eso crispé mis manos en puños y reproché cerrando los parpados: —¡¿Si no eres un maricón entonces por qué te acostaste conmigo anoche?! ¡¿Dime por qué me abrazaste, y me pediste esta mañana que me quedara contigo?! ¡Dime, maldición! ¡Dime porqué no aceptas que eres un jodido maricón…! —¡Porque tengo miedo, maldita sea! —de pronto él me gritó, volviéndose hacia mí para tomarme fuerte de los brazos y acercar su rostro hacia el mío, casi me estremecí por lo fuerte que me tomó y abrí los ojos. —Yo también tuve miedo cuando estaba en el armario. —le respondí despacio, mirándolo con ojos humedecidos—. Tuve tanto miedo de recibir odio de las perso

