Capítulo 11 El tenue resplandor del alba aún no había tocado los vitrales del convento. La celda de Anastasia permanecía sumida en una penumbra azulada, y lo único que se escuchaba era el respirar pausado y profundo de Dimitri. Anastasia abrió los ojos lentamente y por un instante pensó que todo había sido un sueño más, uno de esos que la atormentaban cada noche desde su llegada, pero cuando intentó moverse, sintió el peso de un brazo fuerte descansando sobre su cintura. Eso y el calor de un cuerpo desnudo pegado al suyo de manera posesiva. El aire se le cortó en un segundo y su piel ardía todavía, marcada por besos y caricias. Además, sus muslos dolían suavemente y en su interior el recuerdo físico de él era innegable, aquello no había sido un sueño. — Santo Dios… — susurró, llevándos

