Capítulo 18 La celda de castigo había dejado su huella en el cuerpo y en el alma de Anastasia. Los días encerrada entre esas paredes húmedas habían apagado parte de su espíritu, pero no lo suficiente. Cada vez que sentía una patadita dentro de su vientre, volvía a recordar que ya no vivía para sí misma, que había una vida creciendo allí que merecía ser defendida hasta con su último aliento. Sin embargo, el convento no tardó en mostrarle que lo que venía sería aún más cruel para ella. La noticia de su embarazo ya no era un rumor. La hermana Elena, siempre estaba vigilante y había insistido en que la madre superiora debía encargarse de aquella "herejía" con sus propias manos. Así, una mañana, las campanas resonaron con una urgencia distinta, llamando a todas las monjas al claustro central

