Capítulo 25 La noche había caído sobre el convento como un velo de sombras, espesa y sofocante. El aire olía a cera derretida y humedad antigua. Anastasia, por su parte, era arrastrada a la fuerza por dos monjas robustas, sus brazos aprisionados con una brutalidad que hacía que cada paso doliera, no podía liberarlos. Ella se resistía como podía, pero estaba débil; el peso de su vientre, abultado y sensible la hacía tambalearse, casi al punto de perder el conocimiento. Al final del pasillo poco iluminado, inmóvil como una estatua de mármol, estaba su madre. Los labios los llevaba apretados, los ojos como cuchillas frías y ni una pisca de piedad se asomaba por su piel. Ni un gesto de compasión, ni un movimiento para detener lo que sucedía frente a sus ojos. Ella solamente observaba a su hi

