Mateo abrió la puerta del copiloto para que ella entrara, pero Carolle tardó un segundo, respirando profundamente mientras el agua corría por sus rizos y se adhería a su piel. Mateo quedó paralizado por un instante, observándola como si estuviera inmerso en una alucinación. Su vestido, mojado y pegado al cuerpo, resaltaba cada curva. Su cabello rojo parecía arder, incluso bajo la tormenta. —¿Vas a quedarte ahí todo el día? —dijo Carolle, con una mezcla de impaciencia y nerviosismo. Mateo sacudió la cabeza y se metió al auto, arrancando rápidamente. Apenas unos minutos después, estacionó frente al hospital. Carolle abrió la puerta y salió corriendo, sin esperar a que Mateo la siguiera. Él se quedó en el asiento del conductor, observándola mientras cruzaba bajo la lluvia. El agua

