Mateo seguía en el bar de la mansión, sentado en uno de los elegantes taburetes, con su merengada a medio terminar sobre la barra. Su sonrisa era casi permanente, dibujada con una mezcla de triunfo y diversión. Tamborileaba los dedos sobre la superficie de mármol mientras sus pensamientos lo invadían. —Si era tan estrecha, entonces eso solo significaba una cosa —se dijo a sí mismo, sin poder evitar que la sonrisa se ensanchara aún más. Su mirada vagó por el espacio vacío del bar mientras razonaba en silencio. Hilbraim. Su padre. Su supuesto esposo. Era evidente que nunca había tomado a Carolle como su esposa en el sentido más íntimo. ¿Por qué? La respuesta era obvia para Mateo, una verdad que conocía demasiado bien, casi de memoria. —Mi viejo... —murmuró en voz baja, casi riéndo

