Carolle avanzó por el pasillo principal de la iglesia, sus pasos resonaban apenas en el silencio sagrado que la envolvía.
Las luces del atardecer entraban oblicuas por las vitrales, proyectando destellos de color que danzaban en el suelo, como si buscaran acompañarla en aquel camino incierto hacia el confesionario.
Habían pasado años desde la última vez que pisó esa iglesia, y con cada paso, sentía el clamor de los recuerdos vibrar en su pecho.
Aquel lugar guardaba las miradas furtivas, las palabras que nunca se dijeron, el beso prohibido que les cambió la vida, y las promesas rotas que sus almas pronunciaron en el silencio.
Mateo estaba sentado en el pequeño confesionario de la parroquia Santa Marta, esperando a los fieles que solían acudir a él en busca de absolución.
El aire olía a incienso, y el murmullo de algunas oraciones lejanas le llegaba como un eco.
«Es un día más», pensaba, mientras repasaba mentalmente el sermón de la misa del domingo.
De pronto, escuchó pasos ligeros acercándose. El confesionario crujió cuando alguien se arrodilló frente a él.
Mateo apenas levantó la vista, tras la rejilla de madera, reconoció la silueta antes de ver su rostro.
pero el silencio al otro lado era desconcertante. Por fin, escuchó una voz que le heló el alma. —¡Mateo!
Al darse cuenta de quién estaba allí, su respiración se cortó.
No era una feligresa común, era Carolle, la misma que aún aparecía en sus noches más inciertas, con la fuerza de un amor que había intentado enterrar.
La sensación de verla ahí, frente a él, despertaba todas las preguntas y temores que creía haber dejado atrás.
Ella apenas movió los labios, y en su susurro, parecía que confesaba no solo sus pecados, sino la nostalgia de un tiempo que los había marcado.
—Mateo —comenzó, su voz apenas un hilo—. He venido a descargar mi conciencia… aunque no sé si alguna vez lograré olvidarte.
La tensión de sus palabras colmaba el aire, como si en aquel instante se debatieran no solo entre la fe y el deber, sino entre el amor imposible y las promesas que los habían separado.
Por un momento, Mateo se olvidó de su sotana, de los votos y del templo, y solo se vio a sí mismo como aquel joven perdido que una vez fue.
Las barreras que con tanto esfuerzo había construido empezaban a tambalearse, y ahí, en medio de la penumbra del confesionario, sentía que tal vez, esta vez, ni la fe sería suficiente para resistir aquello que el tiempo no había logrado borrar.
—Mateo, por favor… no me digas que me vaya. No después de todo lo que pasó entre nosotros, no después de tantos años. Tú sabes por qué estoy aquí.
—Carolle, no hagas esto. Te suplico que te vayas. No sabes cuánto me ha costado encontrar paz y estabilidad en esta vida. No remuevas lo que debería estar enterrado… no nos hagamos más daño.
—¿Paz? No sé si puedas llamarlo paz, Mateo. Porque cuando cierro los ojos aún te siento cerca, aún pienso en lo que pudo ser. Y ahora… ahora quiero algo más. Ya no quiero sueños ni recuerdos. Quiero que tú me hagas olvidar, que tú… seas quien apague este fuego en mí —dijo Carolle con una sonrisa amarga.
Mateo apretó los puños y apartó la mirada, —No, Carolle. Lo que me pides… no puedo hacerlo. No debo hacerlo. Soy un hombre de Dios y tú eres… eres la esposa de alguien más, alguien que también es familia mía.
—Justamente, Mateo, mi marido. Ese que juró serme fiel, ahora me engaña con otra. ¿Por qué debería seguir siendo leal a alguien que me traiciona? ¿Por qué debería quedarme en silencio, aceptando sus engaños mientras yo me quemo por dentro?
—Porque el odio y el deseo de venganza no te darán paz. No puedo ser el medio para eso, Carolle, tu esposo es mi pdre, no lo olvides. Solo puedo pedirte que reces, que pidas fuerza para dejar atrás estos pensamientos… estas tentaciones que te dañan.
Carolle se acercó más a la rejilla peligrosamente, con voz susurrante, —¿Y si no quiero paz? ¿Y si quiero que tú… que tú seas quien me libere? No vine aquí a confesarte mis pecados para que me juzgues, Mateo. Quiero que seas tú quien me haga olvidar.
Mateo, sintiendo la intensidad de su mirada, tragó con dificultad, resistiendo el impulso de dejarse arrastrar por aquella seducción.
—Por favor, baja la voz… alguien podría escucharte —respondió él, nervioso, sintiendo que el mundo entero se tambaleaba bajo sus pies.
—¿Tienes miedo de que sepan? —Carolle arqueó una ceja, como desafiándolo.
—¿Sepan qué? —replicó él, casi automáticamente, aunque sabía la respuesta.
—¡Qué una vez fui el amor de tu vida!
—Carolle, soy un sacerdote. Lo sabes. No debiste venir.
—Y yo estoy casada. Lo sé. Pero también sé que todavía me amas.
—¡No digas eso! —Mateo sintió que su voz se quebraba.
—¿Lo niegas? —susurró ella, con una intensidad que lo hizo estremecer.
Mateo no respondió. Miró su reloj, y al ver la hora, encontró una excusa para huir de aquella tensión que lo estaba consumiendo.
—Las seis en punto. —Tomó aire y, sin mirar a Carolle, murmuró con voz ahogada—. Lo siento, Carolle. Es hora de la misa. ¡Debo irme!
Saliendo del confesionario apresuradamente, sujetó su sotana con fuerza y corrió hacia el campanario.
Mientras corría, escuchaba el eco de sus propios pasos y el peso de las malas decisiones que había tomado alguna vez.
Al llegar, tocó las campanas con fuerza, cada tañido repicaba como una súplica de ayuda, como un llamado desesperado de salvación, mientras su corazón aún latía con el rastro de aquella tentación que Carolle había dejado marcada en él.
A solas, en el silencio de la sacristía, Mateo cerraba los ojos intentando ahogar los pensamientos que no dejaban de asaltarlo.
Pero por más que rezara y buscara consuelo en sus oraciones, había una presencia que no lograba arrancar de su mente: Carolle.
Ella era como un fantasma que volvía una y otra vez, envolviéndolo en el recuerdo de unos ojos almendrados que parecían mirarlo desde el alma, profundos y llenos de promesas que nunca llegaron a pronunciarse.
Esos ojos le acompañaban al cerrar los suyos, tan intensos que atravesaban cualquier intención de olvido.
Y luego estaban sus labios, aquellos labios de frambuesa, dulces y carnosos, que lo atormentaban en sus noches de insomnio.
Había besado otros labios en sus sueños, pero siempre regresaba a los de ella, con su suavidad tentadora, la misma que había sentido en el primer beso que compartieron y que lo había marcado como una herida imposible de sanar.
Carolle tenía algo más, algo que la hacía diferente de cualquier otra mujer que había conocido.
Su cabello, esa maraña de rizos rojos, era como un símbolo de la pasión que ella irradiaba sin proponérselo.
Mateo recordaba el aroma de esos rizos, una mezcla de dulzura y frescura que se quedaba impregnada en el aire como si fuera una caricia invisible.
Cada vez que la veía, incluso a la distancia, era incapaz de no respirar profundo, como si con aquel perfume pudiera llenar el vacío que él mismo había elegido al consagrarse.
Y mientras cada día se inclinaba ante el altar, el recuerdo de Carolle aparecía en su mente como una prueba de fe que parecía destinada a fallar.
Era una lucha constante, una que lo hacía sentirse culpable y humano a partes iguales, porque aunque intentaba apartarla de sus pensamientos, era ella quien le recordaba lo que su corazón escondía.