No sé cuánto he golpeado el volante del coche, no sé cuánto he maldecido en mi cabeza, no sé cuánto he acelerado o frenado para evitar un accidente. En cuanto estacione nuevamente en el bar, me evito el protocolo de saludar y de inmediato llego hasta donde aún se encuentran los chicos. Me acerco a William y le arrebato el trago de whisky que llevaba en su mano. – ¡Oye! Bájale dos, Roy ¿Qué ocurre? –le doy aquella mirada que solo él sabe descifrar. –Vale, vamos hasta aquella mesa. Eso hacemos, nos alejamos de todos, los cuales solo bailan y disfrutan de la noche. Al tomar asiento, William pide una botella de tequila y tan pronto llega me doy un sorbo de este, mi pierna sube y baja por el enojo, por una ira que ni siquiera yo sé por qué me está consumiendo. Me vuelvo a dar otro trago y

