Ocupamos nuestros lugares en la gran mesa de ocho personas que tenía el comedor de la casa, yo me coloqué entre él y mi padre, mi madre al frente de mí y Elisa enfrente de él. Mi madre había hecho su famosa cazuela de mariscos, que el sólo olerla podía provocar que se me hiciera agua la boca. — Bueno, creo que la buena sazón viene de familia. – comentó él, después de su primer bocado. — ¿Cómo así? ¿Ya probó la comida de mi hija? — preguntó mi padre curioso. — Amm sí papá, en un convivio en el trabajo, hice unas banderillas. Fue algo muy simple, pero mi jefe dice que estaban muy buenas. — contesté con rapidez ocultando la verdad. — Las mejores… - coincidió y volteó a verme. Le mandé una mirada de advertencia y observé que una sonrisita ligera se asomaba entre sus labios

