Caótico primer día

1297 Palabras
 A la mañana siguiente, miré la parada de taxis con pesar. Llegar al trabajo en patineta no sería muy ejecutivo de mi parte. Me había puesto el uniforme particular que me habían asignado la tarde anterior antes de salir de la compañía, mi atuendo consistía en una falda negra de lápiz, una camisa blanca de botones con corbata negra, chaleco oscuro y zapatos de tacón. No me sentía yo, mi verdadera Candace liberal me pedía a gritos deshacerme de ese disfraz y colocarme unos shorts de mezclilla y un jersey XL. Pero ya me acostumbraría. En el camino, rasqué mi cuero cabelludo unas ochenta mil veces con cuidado de no dañar el peinado que me oprimía hasta las ganas de vivir. Apenas puse un pie en el edificio, pronuncié un Buenos días que no me fue devuelto y trasé el camino hasta el ascensor. Intenté no maravillarme con los diseños y la pulcritud del interior, cosa que no se me hizo tan sencillo, ya que me seguía pareciendo sensacional. Sacudí mis manos como si pudiese desprenderme del nerviosismo por las puntas de los dedos. El ascensor se detuvo antes de llegar a mi piso correspondiente, en él se subió un chico que transportaba casi seis cajas en sus brazos, el pobre no podía ni caminar correctamente. —¿Hacia qué piso se dirige? —inquirí, poniendo una mueca de cansancio al imaginarme en su situación. —Último piso. Dejé que las puertas se cerraran sin decir nada, íbamos hacia el mismo sitio. —Eres nuevo —deduje. —¿Se nota mucho? —ambos emitimos risa corta cuando se le cayó una caja y me agaché para regresarla a la punta del tumulto que llevaba en los brazos—. Por cierto, soy Tom. Llevo apenas un mes en la empresa. En realidad trabajo en el almacén del subterráneo, no me verás mucho por aquí. Ambos salimos del ascensor, yo abrí la puerta de la oficina y le permití pasar primero. Tom dejó las cajas sobre una mesa redonda y pasó por mi lado al salir. —¿Cómo es que te llamas? —me preguntó al regresar al ascensor. —No te lo dije. —Lo sé, era solo una estrategia —se alzó de hombros. —Candace. Desde hoy soy la secretaria —señalé el interior de la oficina con la barbilla. —Suerte —Tom me sonrió de lado al presionar el botón para seleccionar un piso—. La necesitarás. No pude decir nada porque las puertas metálicas se cerraron, tuve que tragarme mis palabras y alzar una ceja antes de adentrarme a la oficina. —Buenos días, señor Lauder —saludé al hombre que se encontraba sentado en su silla giratoria, ojeando algo en una laptop. —Buenos días —contestó sin despegar la vista de la pantalla—. ¿Trajiste los papeles que te encargué ayer? —Sí. Hubieron solamente seis propuestas que creí especiales para la compañía, el resto las hice a un lado y escribí varios correos para rechazar, tal y como me lo pidió. El espacio se sumió en un profundo silencio hasta que el señor Lauder decidió romperlo. —Perfecto. Puedes dejar las que aceptaste en una carpeta sobre mi escritorio y redactar un informe detallado donde me expliques por qué las aceptaste, qué beneficios aportarían estos inversionistas o individuos a la compañía, una cifra aproximada de cuánto gastaríamos y también una fecha aproximada de cuánto tiempo se llevaría finiquitar cada uno de esos seis procesos. Al ver mi ceño fruncido, añadió: —También reorganiza mi agenda y pauta fechas específicas para reuniones con cada remitente de dichas propuestas. Lo necesito todo antes de las catorce horas. Y por favor, llama a María Virginia y dile que se cancela nuestra cita de hoy, ingeniatelas para inventar una excusa razonable. Me quedé de pié con el maletín abrazado a mi pecho, mi cerebro intentando procesar a la velocidad de la luz todo lo pedido por aquel hombre ¿Cómo redactaría un informe detallado si apenas sabía que antes de P y B iba m? ¿Cómo iba a saber cuánto dinero se gastaría en cada inversión? ¿Dónde estaba la agenda de ese tipo y cómo la reorganizaría? ¿En qué fecha estábamos? ¿Cómo haría todo eso antes de las dos de la tarde si ya iban a ser las nueve de la mañana? ¡¿Quién coño era María Virginia y cómo cancelaría su cita?! —¿Por qué sigues ahí parada? —la voz del señor Lauder me regresó a la realidad, sacándome de mis pensamientos caóticos laborales. No sabía ni por dónde empezar, en mi cerebro nada más habían dos cucarachas jugando dominó, y de paso el juego estaba trancado. En una escala del uno al treinta, ¿Qué tan patética y poco profesional me vería si salía corriendo? —Lo siento, Carter —fingí una sonrisa a pesar de que mis labios temblaban. Iba a llorar porque las cucarachas de mi cerebro se estaban burlando de mí. Me senté en uno de los sofás de la oficina y comencé a garabatear sobre una hoja para fingir que estaba escribiendo algo importante, esperando que ocurriera un milagro para salvar mi pescuezo y mi empleo. Hasta se me había olvidado qué era lo que me habían pedido, preguntar otra vez tampoco era una opción. Ya me estaba arrepintiendo de dejar la secundaria y no llevaba ni una semana intentando ser una adulta seriecita y estable. Help me, yisucrist. *** Gracias al diccionario intelectual de San Google, logré escribir el informe sin horrores ortográficos. Prefería renunciar antes que entregar eso mal escribido (?). Las líricas que metí entre los párrafos eran dignas de ser copiadas y manipuladas marginalmente por un cantante de trap callejero. Para lo de las cifras aproximadas, no me quedó otra opción que llamar al gilipollas de mi compañero de clases promiscuo, Tanner, ¿Se acuerdan? Bueno, en menos de una hora me pasó las cantidades que debía colocar al final de cada propuesta, en ese momento sólo pude pensar que el mal parido era descendiente de Newton, Einstein o esa gente matemática. Fue fácil llamar a la mujer esa y decirle que Carter tenía una reunión, tuve que prometer en vano que haría todo lo que estuviera al alcance de mis manos para que el señor Lauder pospusiera la cita para otro día. En fin, nunca supe quién era María Virginia. Tuve que bajar a recepción para acceder a la agenda virtual de Carter, el sistema era tan avanzado que apenas logré discernir cuáles eran los días de la semana, afortunadamente la recepcionista que estaba de turno no era tan cara de culo y me ayudó a mover todo, le debía un café. Con lo de la agenda, logré acomodar las reuniones para las dichosas propuestas que ya me tenían mamadísima. Me iba a amputar una teta si no me nombraban la maldita empleada del mes. Cuando subí a la oficina a entregar el informe, el recontra mal parido amargado de mierda de mi jefe me dijo: —Los informes deben entregarse digitalizados, deberías saberlo. Trabajas para Toy's fantasy, no una compañía mediocre de quinta. Con la lengua dentro del culo, regresé a la recepción a transcribir el informe. Perdí el archivo dos veces y tuve que reescribirlo tres, ya me dolían las yemas de los dedos de tanto taclear, ya le debía también una docena de galletas a la recepcionista junto al café por tanta molestia. Al enviar el archivo al correo del señor Carter, no pude evitar soltar un suspiro de alivio mezclado con gloria. Y pensar que ese era tan solo el primer día. Ya le diría más tarde a Tom que tenía toda la jodida razón.
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