Durante los días siguientes de esa semana, estuve evitando cualquier contacto con Carter en el trabajo, no hablaba con él si no era estrictamente necesario y trataba de no mirarlo a los ojos. Era un maldito gilipollas, y me arrepentía con cada partícula de mi maldito ser el haberme dejado llevar por la maldita calentura del maldito momento. Poco a poco me fui adaptando a mis tareas, falsificar su firma para algunos documentos, agendar y cancelar citas, revisar papeles, hacerle llegar la correspondencia y atender llamadas, pero, como ya mencioné anteriormente, intentaba no trabajar con él de manera directa. Era absurdo que haya tenido su boca entre mis piernas y que ahora no le quisiera ni ver la cara, pero yo tenía mis razones. No fue hasta el siguiente lunes que él me dirigió la palab

