Escondidos en diferentes puntos estratégicos los tres compartíamos la misma incógnita en nuestros pensamientos: ¿Que pretendíamos hacer si entrabamos a la guarida y encontrábamos a María Virginia y a sus secuaces? Era absurdo que razonaramos aquello en el momento menos oportuno. Más bien, corrimos con la suerte de que estaba desierta, logramos liberar a decenas de chicas secuestradas y pudimos escondernos. Pero la verdad era que no teníamos un plan. Me abofeteé mentalmente al saber que me había precipitado al lanzarme a una misión belicosa donde no tenía más que dos escoltas que seguramente estaban más cagados que yo, y un revolver al que nada más le quedaban dos balas. La fe no estaba entre mis pertenencias. Los gritos histéricos de María Virginia raspaban mis tímpanos por el timbre chi

