CAPÍTULO 17. HOMBRES PELIGROSOS

1733 Palabras

Aria El taxi se detiene frente a mi casa y antes de que pueda abrir la puerta, Ken ya está allí, extendiéndome su mano. Las lágrimas se han secado, pero la rabia sigue ahí, latente bajo mi piel como una corriente eléctrica. —Permítame ayudarla, señorita Fox. La rabia hierve en mi interior y le lanzo una patada que él esquiva con elegancia irritante. —Me cae bien —dice con una sonrisa torcida—. Tiene espíritu. —¡Oye, tú! —La voz de Tabatha corta el aire nocturno. Está en el porche, blandiendo un bate de béisbol—. ¡Si no dejas de pisar mis flores y molestar, te patearé el trasero! Ken la mira, serio e imperturbable. —Pagaré los daños al jardín, señora. —No es necesario, Lárgate —gruño. Asiente con una reverencia ligera. —Que tengan buena noche, señoritas —y se retira hacia el au

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