DAMIAN JONES Subí al ascensor y no pude evitar sentirme emocionado por llegar al piso 20 y ver la cara de Ginebra. Las puertas se abrieron y caminé hacia donde estaban todos. —¡Ahí lo tienes! —Katie le dijo a Ginebra y ella se giró a verme. Sus ojos se abrieron como platos y pensé que su mandíbula iba a llegar a tocar el suelo. Se acercó a mí y me miró fijo. —¿Qué haces aquí? —me preguntó nerviosa. —Hola, ¿no? Buenos días cariño, que yo sepa no dormimos juntos anoche —le dije. —¡Contesta mi pregunta! —exigió. Sonreí levemente. —Aquí trabajo —dije con suavidad y estiré mi brazo para darle el sobre a Katie. —¡No estoy para bromas, Jones! ¡Dime que haces aquí! —No estoy bromeando, cariño. De verdad trabajo aquí. Ella se giró a ver a su madre. Katie asintió con la cabeza, y la ch

