Al día siguiente fuimos con Damián al cumpleaños de uno de sus amigos. Obviamente estaba Alexis, Eliah, y otros más. Y aunque pareciera mentira, también estaban Marty y su detestable —ser humano con cabello revuelto— hermano.
Los habían invitado porqué eran nuevos en la ciudad, y Lechter no era muy grande que digamos. Éramos amigos entre todos, y entre todos nos conocíamos.
Juro que ni pude mirarle a los ojos luego de la mini-discusión en la ventana. Lo detestaba tanto que tenía miedo de que lo que había dicho, lo de «del odio al amor hay un sólo paso» fuera verdad. En el resto de la tarde los ignoré. A él y Marty.
Con Marty no había rencores, no había nada.
Todo el problema era con Francisco.
En un momento, cuando Francisco se alejó de Marty, tuve la oportunidad de acercarme con cautela. No me moría de miedo, ni de pudor; al que no podía ver era a Francisco, no a Marty.
—Hola, Marty —dije despacito, tomando la bebida de mi vaso. Él esbozó una sonrisa.
—Hola, Dánae —respondió—. ¿Por qué no viniste antes? ¿Te sientes intimidada por Fran?
Negué aunque era... ciertamente verdad.
—No es eso, simplemente no quería interrumpir su momento social —respondí, y Marty llenó su vaso con cerveza de un barril.
—Ah, ya. De igual forma, Francisco espantó a todos con sus chistes malos —espetó, y soltó una sonrisa—. Ha contado desde las de Pepito hasta que ni te imaginas.
Ambos entramos a la casa del cumpleañero, habían varias personas tomando cerveza o bebidas en los sillones. Por suerte era de día, o esos sillones estarían siendo ocupados para otra cosa.
Le mostré las habitaciones, y al final nos quedamos en la terraza del último piso. Era un edificio muy grande, y costaba unos cuantos pesos.
—Entonces, dime: ¿Cómo van tus días en Lechter? —pregunté, sacando conversación entre tanto silencio.
—Muy perfectas, al decir verdad; pero lástima que no están mis padres. Apenas han venido el viernes, y se han ido el sábado por la mañana... de nuevo.
—Lamento eso, de verdad —le dije con una sonrisita, y él imitó la misma.
Nos quedamos en silencio un momento, y pasó lo que debía ocurrir. Marty se apoyó contra mí, fue como un movimiento brusco y pensé que se iba a desmayar.
En cuanto lo vi, me di cuenta que estaba ebrio.
¿Cuánto tiempo había estado tomando?
Tomé la cerveza de su mano rápidamente, y la apoyé contra la mesita que había a nuestro costado. Puse mis dos manos sobre sus hombros y vi su rostro.
Tenía los ojos cerrados, como cansado.
—¿Marty? —susurré.
De un momento a otro, abrió sus ojos y se dejó caer, colocando rápidamente una mano detrás de mi nuca y jalándome hacía él.
Y me besó. No podía quitármelo de encima mío.
De inmediato, hubo algo que me gustó de ese beso; era mi primer beso.
Mi maldito primer beso.
Me abrazó de repente, y me apretó contra él. Sentí algo mágico adentro de mí, pero no esa magia del beso con el chico que te gusta. Estábamos en la terraza, besándonos. Por primera vez, quizás su centésima vez. Pero era mi primera.
Y lo peor llegó después.
—¿Qué demonios haces? —soltó alguien a un extremo.
Marty se separó y giró su cabeza.
Era Francisco.
—¿Yo? —dijo Marty y se señaló a si mismo—. No hice nada... nada bueno, ¿hice algo malo? —agregó, apenas se podía mantener de pie.
Francisco resopló.
—Estás borracho, ebrio, hueles a cerveza —respondió él—. Vamos a casa, mamá llamó y dijo que va para allá. Muévete, Martin. Colabora, por el amor de Dios.
Pero Marty se soltó.
—No me iré, déjame ser grande. No soy tu hermanito menor, somos mellizos —le respondió de mala gana—. Puedo cuidarme solo, ¿entiendes? So-lo.
—No me interesa, ya muevete.
—Te dije que no.
Y una pelea se avecinaba, me interpuse entre ellos antes de que Marty quisiera golpearle. La cerveza le trajo valentía y aquello me asustaba.
Ya con haberme besado había sido muy valiente.
—¡Ya basta, no se peleen!
Francisco me empujó.
—Tú no te metas. No eres nadie para meterte.
—¡Me meteré lo que se me de la gana! —dije entre gritos, pero Francisco nuevamente me empujó y caí de espaldas.
Lo miré asustada, y sentí que en su primer momento quería pedirme perdón.
Pero, lo admito: Francisco era un cobarde. Con todas las letras.
—¿Dánae? —murmuró Marty, pero él no le dejó que se acercara.
Se lo llevó de inmediato, y ambos se fueron en segundos. Cuando me levanté, me di cuenta que me había lastimado el brazo. Damián llegó corriendo. Asustado.
—¿Qué sucedió? Vi a Francisco y Martín irse... —murmuró—. ¿Qué te sucedió en el brazo? ¿Estás bien? ¿Ese cabrón te hizo algo?
Negué con la cabeza, a punto de partirme en dos.
—No pasó nada, Dami, quiero ir a casa. ¿Me llevas?
♥ ♥ ♥ ♥
Sentí mis mejillas arder.
No había logrado llorar porqué no tenía razón alguna.
Damián me dejó en la casa y luego se volvió al cumpleaños. Mis padres se habían ido al cine, y yo me encerré en mi habitación.
Había visto las cortinas cerradas de la ventana de Francisco, y resonaba algunas canciones de Queen al otro lado. Me dejé caer en la cama, sin dudas, furiosa.
Me coloqué los auriculares y busqué la primer canción que se me venía a la cabeza. Pero lo único que tenía era el beso de Marty, y el golpe de Francisco.
Ese «empujoncito» me había dejado atónita.
—Maldito bastardo, no tiene idea de cuanto lo odio —dije entre dientes.
Cerré mis ojos intentando descargarme, pero nada funcionó. Me quité los auriculares y los tiré a un costado. En cuanto me senté en mi cama, las cortinas de la habitación de Francisco estaban abiertas, apenas un poco más que antes.
Vi a Miléva moverse nerviosa dentro de él.
—... No me interesa en absoluto, ¿por qué eres así todo el maldito tiempo?
—No soy cómo tú dices.
Ja. Si Miléva supiera que él es así todo el «maldito» tiempo.
Me senté en el lateral de la cama, en el suelo, y escuché con claridad.
—¿Me puedes explicar por qué empujaste a la chica de al lado? Marty me lo contó todo —le preguntó de un grito, o casi—. Otra vez te desvías, ¿no es así?
Él se removió.
—Sólo la toque apenas, ¿okey? No la empujé fuerte como él dice. ¿Qué puede recordar? Estaba ebrio. El muy idiota no puede sostenerse a si mismo, ¿por qué piensas que mi madre me mandó a cuidarlo? ¡Es débil! ¡Martín es débil!
Ella rio un poco. Un pequeño silencio se produjo en ese instante.
—Ahora dime la verdad: ¿Te pusiste celoso?
—¿Celoso? ¿De qué?
Hubo otro silencio.
—De qué Marty la besara, tonto.
Y luego las risas de Francisco.
—¿Celoso de eso? No me jodas, Miléva. ¿Por qué tengo que estar celoso si te tengo a ti? —le preguntó, y Miléva soltó otra risita—. Mi linda y bella Miléva.
—No lo sé, tú dime. Desde que llegaste a Lechter has elegido esta habitación en vez de la de Marty, todo el tiempo miras en su dirección y hablas de ella sin darte cuenta —contestó—. Tú dime, Fran. ¿Me vas a decir que estoy mintiendo? ¿Eh?
Si eso era lo que había escuchado, la teoría de Damián de que estaba sorda era mentira. Asomé un poco mi cabeza, pero ambos no lograron verme.
Quería escuchar más.
—Yo te quiero a ti, sólo a ti y nadie más, ¿por qué te cuesta entender eso, Milé? —le dijo, se escuchó el rechineo de la silla de repente—. No soy tonto, creo que ella me odia.
—Son ideas mías, entonces...
—Sí, son ideas tuyas. Porqué aunque me digas celoso a mí, tú estas celosa de ella, ¿no es así? —espetó—. No miento, lo sabes.
—Sí, y no debería hacerlo.
—¡Claro que no! —le contestó Francisco—. Ella nunca será como tú, nunca valdrá como tú y nunca será tan hermosa como tú. Te amo a ti y nadie más, y te prohíbo estar celosa de alguien que no vale nada. Es sólo una cara bonita y ya. No la conocemos.
Auch, ahora eso me dolió a mí.
—¿Ya te he dicho lo lindo que eres de novio? —dijo ella, y le besó en los labios. Sentí una punzada—. Y más aún cuando me pones allá arriba de esa forma, eres especial para mí.
—Y tú para mí, Miléva —le respondió, y ambos se besaron.
Me encogí de hombros al escuchar todo eso.
¿Francisco tenía razón?
¿Yo no valía nada?
—Yo que tú no les hago caso —dijo alguien detrás de mí, era Damián—. Son unos tórtolos, y se nota que él esta ciego por ella. No escuches la primera campana, escucha la segunda. Vales mucho y lo sabes, ¿tienes idea de porqué ella le hace esa escena? Porque de seguro está con otros y no quiere que él este con alguien más... —agregó, y yo lo miré confundida.
No podía darle razón.
No tenía motivo de enojarme.
Y no podía discutirle porqué Francisco no era nada mío: Ni mi novio, ni mi amigo; nada.
—No me importa lo que diga, yo sé lo que soy y lo que no... —murmuré, siendo valiente pero por dentro una cobarde.
—¡Esa es mi hermanita! —exclamó sacudiendo su mano en mi cabello, despeinándome—. No te rebajes por nadie, porque tú vales mucho más que esos mechoncitos rosados infantiles. Y ese poste con patas.
Agradezco siempre tener un hermano como él.
Pero aunque me cueste admitir, lo de Francisco me había dolido muchísimo. No en el sentido de lo que haya dicho que era fea, si no en el sentido de que poco a poco me iba atrayendo.
El problema era, que en medio de nosotros dos estaba Marty.
Y ese beso confuso que me quedaba aclarar.
♥ ♥ ♥ ♥
Todas las mañanas tomaba el microbus para ir al secundario. Sin dudas, estaba en una terrible confusión de todo lo que había ocurrido en el fin de semana.
No había visto a Francisco ni Marty después. Había sido como si la tierra los tragase. Pero sin dudas, sus padres vinieron a saludarnos como buenos vecinos que eran.
Nos habían contado que eran los mejores abogados, que habían venido a Lechter por un cambio y que tal cosa entre otras. Mis padres quedaron fascinados, al fin habían buenos abogados en la ciudad. Aunque Damián preguntaba a cada rato por sus hijos, yo me hacía la tonta para no tocar el tema. Como si jamás les hubiese hablado.
Aquella mañana salí de la casa después de despedirme de mi padre y Damián que justo se iban al taller. Cuando caminé hasta la parada del microbus, estaba el odioso de Francisco esperando el mismo. Estaba semi-acostado en la banca y con los pies cruzados. No pude mirarle a los ojos, así que una vez cuando llegué lo ignoré.
Me crucé de brazos y fingí cantar una canción entre susurros.
Con el rabillo de ojo, lo observé levantarse y pararse detrás de mí. Entonces me hice la que no se espetó de su movimiento, seguí ignorándolo.
—Dánae... —murmuró—, quería pedirte disculpas.
Parecía que le costaba horrores disculparse.
Fingí tener lástima y me giré.
—Oh, qué amable. Gracias por esforzarte, pero no te perdonaré —contesté, y me giré nuevamente—. Ni lo intentes, ¿está bien?
Se rio por lo bajo.
—Lo hago por tu bien, por el mío, por nosotros.
«Nosotros».
El «nosotros» en su voz sonaba hermoso.
—Pues me parece bien que sea por el tuyo, ya que seguramente tu madre te ha enviado para que te disculpes conmigo —murmuré nuevamente, aún de espaldas a su rostro.
Se colocó delante de mí.
No sonreía.
No emitía nada de su boca.
Solamente pasó su mano por la nuca y suspiró.
—No me han enviado ninguno de ellos, ni Martin, y ni Miléva... —dijo por lo bajo—, soy yo quién te lo dice. Quiero pedirte disculpas por empujarte, por ser grosero y un cabrón. Y sé que tienes buen corazón en perdonarme, ¿no es así, Dáni?
Puedo jurar que estuve a punto de perdonarlo, para tener un final feliz y que nos hubiéramos casado para tener hijos rubios que al final eran rubios por pura magia gracias a un hechizo de Voldemort.
Pero sinceramente seguía muy dolida.
—Lo tengo, pero no contigo. Ahora si tú me disculpas, estás invadiendo mi espacio personal —contesté con el orgullo por el culo, que por más ganas de perdonarlo, yo no podía hacer eso y dejar que lo hiciera de nuevo.
Y, ¿cómo demonios sabía?
Lo había sido desde un principio.
En la cancha, en la fiesta, en la ventana.
Lo odiaba tanto.
Y para el colmo, lo odiaba tanto que comenzaba a quererlo; no por tratarme de esa forma, si no qué al fin y al cabo había un pequeñito granito de arena de pura sinceridad dentro suyo.
Si dentro de todas las posibilidades, le decía a Francisco que le daba esa oportunidad de cambiar, juraría que podría hasta tener «algo» si es que se disponía a querer ese «algo» conmigo.
Pero, ¿para qué?
¿No es cierto?
Tenía novia.
Amaba a esa novia.
Le ha dicho que es la mejor.
Y que nadie es mejor que ella.
Francisco tomó el impulso de acercarse más a mí, y no pude resistirme a mirarle por esa vez. La primera vez que estábamos tan cerca uno del otro y que de alguna forma de gustaba.
Y también odiaba admitirlo.
—Sólo te pido una sola cosa, y no es la más cara del mundo; es sólo tu disculpa para no vivir con esta culpa toda mi vida hasta que me largue a la universidad —murmuró, y lo miré furiosa porque de esa forma me sentía al repetir todas esas imágenes de sus humillaciones y burlas—. Por favor, ¿quieres que me ponga de rodillas también? Lo haré.
Negué. Riéndome un poco.
—No puedo perdonarte, Francisco —me hice la dramática. El microbus se asomó en la esquina—. Has dicho que era fea, y no valía nada, no puedo hacerlo porque tú vales mucho y eres hermoso. Dios mío, ¡que hermoso!
Sonrió de lado.
—Ya sé que soy lindo, que por cierto gracias por recordádmelo, pero esto es en serio —resopló—, acepta mi disculpa y ya. No seas orgullosa. Tus ojos dicen que no lo eres.
Me quedé pensativa.
El microbus llegó y Francisco subió el primer escalón.
—Lo pensaré —solté—. Lo pensaré bien.
—Piénsalo —contestó—. ¡Pero que sea pronto!
Él se subió y las puertas se cerraron a su entrada.
Mi mente daba tantas vueltas. ¿Qué era lo que había pasado?
Sin dudas, era Francisco. Del bueno, no del malo. Miré el cielo y suspiré, recordando los consejos de mi madre. Valorarme por mi misma era lo que debía hacer, sin dudas se trataba de las primeras veces.
El primer amor.
El primer beso.
La primera ilusión.
Y la primera vez que te rompen el corazón.
Mi madre me había enseñado a quererme a mí misma antes de alguien más, algo que debía tomar en cuenta con frecuencia al volverme adolescente y tener roce social. Pero aquello, del perdón y demás, era una señal de que los chicos buenos existían.
Había sinceridad pura en sus ojos, y si seguía dándole vueltas seguramente me odiaría y terminaría queriéndolo como nunca. Debía hacer algo, pero pronto.
Luego de unos minutos me di cuenta que había perdido el único microbus de la mañana.